dilluns, 12 de juliol de 2021

El catalán Gaspar de Portolá, gobernador de California.

 Extremo occidental de Cataluña, casi limítrofe con Huesca. En la bucólica aldea de Os de Balaguer, en aquella época una población de apenas cuatrocientos habitantes, nacía en el 1716 Gaspar de Portolá i Rovira, militar que años más tarde fundaría en Norteamérica Monterrey y San Diego, y ostentaría el cargo del primer gobernador de California.

De origen campestre, pero de familia noble, se alistó al cuerpo de dragones y granaderos a los catorce años. En tres años le nombrarían alférez, y llegaría a capitán con 47 años. En su hoja de servicios, conservada en el Archivo de Simancas, se destaca su buen hacer, diligencia y conducta, así como su trato humanitario a la hora de desempeñar sus misiones.

Transcurría el año 1768 cuando su sino dio un vuelco. El por aquel entonces capitán de los dragones de Méjico recibe una misión, una orden entregada de la mano del visitador de la Corona en Nueva España, José de Gálvez, Marqués de Sonora. Don Gaspar abrió el sello lacrado de la carta y encontró una encomienda firmada por Carlos III. Expulsar a los jesuitas de las misiones americanas para otorgarlas a los franciscanos. Sobre Portolá recaía el papel de ocuparse de las inhóspitas Californias. Un territorio salvaje, desértico y apenas explorado. De la mano de Fray Junípero Serra, el llamado apóstol de California; motivado por una avidez exploradora y para ayudar a extender la palabra de Dios entre los indígenas, aceptó el reto y se hizo a la mar con parte de su regimiento y algunos voluntarios catalanes.

Con todo, no se trataba de una conquista al uso; la única misión de los militares consistía en el reconocimiento del terreno y la protección de los religiosos. Lejos quedaron las prácticas «franciscopizarranas» y «hernáncortesianas» del exterminio. En el siglo XVIII el imperio se encontraba en decadencia, justo por eso decidió cuidar a las poblaciones locales de la Nueva España. Los criollos comenzaban a acumular poder, y las insurrecciones resultarían en un mal contratiempo. En su lugar, se llevaba a cabo «la conquista religiosa». Evangelizar a los nativos y clavar la bandera en un fuerte era todo requisito que se necesitaba para decir «ahora esto también pertenece a las Españas». En un intento por emular las costumbres duelísticas de la Verdadera Destreza, que abogaba por el honor en combate, y abala a aquellos lo suficiente capaces como para ganar un combate tan solo desarmando al enemigo, o hiriéndolo lo menos posible, los gobernantes preferían acumular tierras sin derramar sangre. Del mismo modo, se apostaba más por el sincretismo cultural y el mestizaje entre colonos y autóctonos que en la segregación o sometimiento bajo las armas.

Con el título de gobernador de Las Californias ya en el bolsillo, Portolá comandó dos expediciones en busca de la bahía de Monterrey. Ambas las estructuró con una columna que avanzaría por mar, perfilando la costa; y otra que discurriría por tierra. No estuvieron exentas de penurias; a bordo, las nieblas dificultaron la navegación y el escorbuto acabó con parte de la tripulación. En tierra eran frecuentes los ataques de osos, coyotes, y los días de hambruna. Armados con sables, fusiles y granadas, poco tenían estas armas por hacer contra las tormentas y ventiscas.

Misión de San Diego de Alcalá en 1848.

Arribaron al fin a la actual San Diego, donde se fundó la primera misión, San Diego de Alcalá. Según la estrategia de Fray Serra, ese sería el corazón de todas las misiones a extender por el territorio. A pesar del éxito inicial, en esta primera encomienda quedó un punto por tachar. Durante su singladura, no lograron hallar la bahía de Monterrey. Portolá lo excusó con que la cartografía anterior de Sebastián Vizcaíno databa de 167 años antes y no era demasiado precisa, o que el agresivo clima habría mutado la orografía de la zona. Fray Serra instó a don Gaspar a hallar la bahía, ya que según las antiguas cartas de navegación, constituía un puerto idóneo para el aprovisionamiento de la zona; pero el capitán se mostró reticente. Los víveres escaseaban y los hombres morían a manos de enfermedades derivadas de la desnutrición. La misión zozobraba, más a punto de hundirse que de continuar a flote.

Gaspar dio la orden, imperaba la retirada a Méjico. No era plausible mantener a su escuadrón en aquella tierra dejada de la mano de Dios para verlos morir. El franciscano le rogó: «cuatro días». En teoría, una nave cargada de suministros estaba por llegar. Pero ya habían pasado semanas mirando desesperanzados a la costa, y nada semejante a un barco se dibujaba en el horizonte. Aún así, Gaspar accedió, y esperó cuatro días más. Corría el mediodía del cuarto día, el regimiento ya empaquetaba los enseres para la partida cuando de entre la neblina marina surgió el casco de tan ansiada nave. Frailes, soldados y nativos no pudieron si no atribuirlo a un milagro divino.

Repuestos y pertrechados, Gaspar dispuso una nueva misión. La bahía de Monterrey estaba ahí, oculta, y alguien debía encontrarla. Partió desde la humilde San Diego, pasó por Los Ángeles y Santa Barbara y no se detuvo hasta alcanzar San Francisco. Aunque desconfiaba de su mapa, sabía que la bahía no podía estar tan al norte. De alguna manera, la habían pasado por alto. Volvió sobre sus pasos, y una despejada mañana de otoño Monterrey se abrió ante él. Resultó que el mapa no erraba, pero las nieblas habían ocultado su visión a los exploradores. Allí fundó la segunda de todo el entramado de misiones que debían establecer en el territorio. Asegurado el enclave, el primer gobernador de California volvió victorioso.

Sobre las razones que llevaron a Carlos III a expulsar a los jesuitas, poco o nada se sabe, pero si hay una intriga que no pasó desapercibida. El embajador español en Londres descubrió las pretensiones rusas sobre el oeste norteamericano. El emperador, que ya chirriaba dientes por aguantar que los molestos ingleses colonizaran el este se puso manos a la obra. Si las bulas papales otorgaban al Imperio donde nunca se ponía el Sol derechos sobre todo el nuevo continente, una banda de siberianos no se lo impediría. Por eso tomó cartas en el asunto para que el Aspa de Borgoña ondeara en las plazas californianas y detener el avance ruso.

El dominio sobre estas tierras fue exiguo y poco más que testimonial, pero dejó su huella en la historia estadounidense. No solo en topónimos, edificios y basílicas de la época aún se mantienen firmes en los centros históricos de las ciudades. En la memoria colectiva siguen presentes los exploradores castellanos, portugueses, aragoneses, catalanes navarros y vascos, inmortalizados en sinfín de placas conmemorativas y estatuas por el territorio norteamericano.

Fuente: La piedra de Sisifo


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