dijous, 18 de novembre del 2010

20.000 documentos confirman el apoyo de EEUU al golpe de Pinochet


Entregan al Gobierno chileno los archivos secretos, entre los que destaca una conversación de Kissinger con el dictador: "Deseamos que el suyo sea un gobierno próspero. Queremos ayudarle y no obstruir su labor"

EFE. Más de 20.000 documentos desclasificados en EEUU, que confirman que este país instó y apoyó el golpe de Estado de Augusto Pinochet en 1973, fueron entregados hoy a Chile, en cuya capital, Santiago, se incorprarán a la base de datos del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Los documentos, que fueron entregados al museo por el director del Chile Documentation Project del National Archive de la Universidad George Washington, Peter Kornbluh, recogen "de forma muy clara" la intervención de Estados Unidos en el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 y su apoyo al régimen militar.
Entre otros archivos, la documentación recoge una conversación que mantuvieron en junio de 1976 en Santiago el general Pinochet y el consejero de Seguridad Nacional y posterior Secretario de Estado durante la presidencia de Richard Nixon (1964-1974), Henry Kissinger, en la que éste le traslada su apoyo
. "Deseamos que el suyo sea un gobierno próspero. Queremos ayudarle y no obstruir su labor", dijo Kissinger a Pinochet, minutos antes de pronunciar un discurso sobre Derechos Humanos ante la Organización de Estados Americanos (OEA).
"Está siendo víctima de todos los grupos de izquierda del mundo y su mayor pecado no ha sido otro que el de derrocar un gobierno que se convierte al comunismo", añadió. Según Kornbluh, Kissinger "era el arquitecto del programa que intentó derrocar a Allende entre 1970 y 1973". "Él era la persona más responsable de ayudar económica y militamente a Pinochet a consolidar su régimen", aseguró.
Kornbluh, que es autor de varios libros sobre la dictadura chilena, el más reciente The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability, ha jugado un papel importante en la campaña que ha permitido desclasificar los archivos secretos del Gobierno de Estados Unidos. De los casi 24.000 documentos entregados a Chile, 2.000 son de la Central de Inteligencia Americana (CIA) que, según rezan los escritos, ya desde 1971, dos años antes del golpe, presionó a favor de un golpe de Estado contra el Gobierno de Salvador Allende.
El material entregado, ordenado en cuatro colecciones, incluye transcripciones de algunas de las conversaciones telefónicas que mantuvo Kissinger, y que posteriormente robó, así como información de cómo Pinochet y el ex jefe de la policía secreta (DINA), Manuel Contreras, intentaron encubrir el atentado al ex canciller Orlando Letelier, cometido en Washington en septiembre de 1976.
Según Kornbluh, estos documentos podrían ayudar en los procesos judiciales abiertos actualmente sobre crímenes contra los derechos humanos cometidos durante la dictadura, además de contribuir al "veredicto de la Historia" y a educar a la próxima generación. Tras una detallada presentación de los documentos, que fueron mostrados a los periodistas, Kornbluh instó a los gobiernos a promover leyes de transparencia y a empujar por la desclasificación de este tipo de archivos.

dimecres, 17 de novembre del 2010

La República, una democracia sin demócratas.





Traducción de Luis Gago.

El debate sobre la naturaleza democrática de la Segunda República (1931-1939) es uno de los más intensos dentro de la historiografía española contemporánea. Al examinar de manera crítica la democracia republicana, los dos libros aquí reseñados plantean la gran cuestión política de España en los años treinta del pasado siglo: ¿cuándo concluyó la democracia de la Segunda República? La mayor parte de la izquierda contestaría que terminó en 1939, cuando Franco derrotó a la República. La respuesta de la derecha se encuentra más dividida. Es posible que unos pocos eligieran 1931, con su aprobación de una constitución anticlerical; algunos puede que se decantaran por 1934, el año de la insurrección de Asturias, y otros, por 1936 y la elección del Frente Popular.El dominio sin parangón que ha mostrado Stanley Payne de la historiografía española y de muchas otras nacionales, así como sus extraordinarios conocimientos de la política contemporánea, le permiten situar los años republicanos dentro del marco de una lucha entre tradición y modernidad. Este conflicto alcanzó su cenit en Europa durante el primer tercio del siglo XX. Nunca antes en la historia humana la convergencia de ideas y acontecimientos modernos había resultado tan desestabilizadora y amenazadora para la sociedad tradicional. Paradójicamente, la Alemania conservadora desempeñó un papel revolucionario durante la Primera Guerra Mundial. Alemania ayudó a las rebeliones contra sus enemigos aliados en los territorios musulmanes de Gran Bretaña, Francia y Rusia; envió armas a Irlanda; financió el terrorismo en Barcelona para desbaratar la producción bélica destinada a los aliados; y auxilió a los bolcheviques para que se hicieran con el poder en Rusia.La Primera Guerra Mundial abrió, por tanto, la época de las guerras civiles revolucionarias entre «blancos» y «rojos». La primera estalló en 1918 en Finlandia, donde el general Carl Gustaf Emil Mannerheim organizó las fuerzas contrarrevolucionarias del gobierno parlamentario finlandés y aplastó al enemigo rojo en tres meses. En la guerra civil húngara de 1919, el bolchevizado Béla Kun se enfrentó a la oposición nacional contrarrevolucionaria y al más potente ejército rumano, que –respaldado por los aliados– derrotó a su república soviética. En Alemania, una miniguerra civil en la que los socialdemócratas contrarrevolucionarios se valieron de las fuerzas del antiguo régimen para aplastar a la oposición de izquierdas acabó dando lugar a la fundación de la República de Weimar. En Italia, los fascistas «revolucionarios» se aliaron con la derecha tradicional para arrollar a la extrema izquierda. La mayor de estas guerras civiles revolucionarias-contrarrevolucionarias fue el conflicto ruso (1918-1921), y fue la única en que salió victorioso un régimen comunista. En todos los demás países que se vieron afectados por guerras civiles con posterioridad a la Primera Guerra Mundial, los contrarrevolucionarios derrotaron a sus enemigos y establecieron regímenes bien autoritarios (Italia, Hungría), bien parlamentarios (Finlandia, Alemania).Al contrario que estas guerras civiles europeas, la confrontación española entre revolucionarios y contrarrevolucionarios no fue el subproducto de una guerra mundial y dependió casi exclusivamente de factores endógenos.
La «revolución» española, como la denomina Payne, comenzó en 1931. En contraposición a Weimar o a la Tercera República francesa, sus orígenes no echaban sus raíces en el aplastamiento contrarrevolucionario de la extrema izquierda. Por el contrario, los dirigentes «jacobinos» de la Segunda República española, especialmente Manuel Azaña, tenían como su máxima prioridad «la exclusión permanente de los intereses católicos y conservadores de la participación en su Gobierno» (p. 23). Sus aliados socialistas fueron un paso más allá al afirmar que la llegada de la República había demostrado que España había pasado a ser tan moderna y desarrollada que una derecha permanentemente debilitada ya no podía detener la llegada del socialismo. El resultado de la alianza de los republicanos de izquierda de Azaña y los socialistas fue un régimen que Javier Tusell definió como «una democracia poco democrática» (p. 23). Según Payne, la República restringió los derechos civiles y censuró periódicos con mayor severidad de lo que lo había hecho la monarquía parlamentaria. Al mismo tiempo, admite que la lealtad condicional de la derecha al régimen republicano despertó legítimas sospechas: «Aunque la derecha moderada [...] se ajustó a la ley, su último objetivo no era mantener una república democrática, sino convertirla en una especie de régimen distinto de tendencias conservadoras y corporativistas» (p. 29). Sin embargo, Payne atribuye a la izquierda una mayor responsabilidad por el desmoronamiento de la democracia en la España de los años treinta. Se muestra de acuerdo explícitamente con Pío Moa en que «la insurrección de los socialistas [en 1934] fue la más organizada, la más elaborada y la mejor armada de todas las acciones de insurrección que se produjeron en Europa occidental durante el período de entreguerras» (p. 32). A ojos de Payne, se trató también de la menos defendible ya que, al contrario de la revuelta socialista austríaca de 1934, no constituyó una reacción a la imposición de un gobierno autoritario.Payne se distancia de Moa cuando afirma que Asturias no fue el comienzo de la guerra civil, que no resultaba inevitable con posterioridad a 1934. Defiende que el único camino seguro para la supervivencia de la República era reprimir masiva y severamente a la izquierda radical, tal y como hicieron la Tercera República francesa durante la Comuna de París de 1871 y la República de Weimar durante la Revuelta de Espartaco de 1918-1919. A pesar de que las elecciones de febrero de 1936 demostraron sólo una limitada polarización de una sociedad supuestamente hiperpolitizada, el fracaso del Frente Popular a la hora de mantener el orden y sus acciones antidemocráticas –manipulación de elecciones y, por supuesto, el asesinato de Calvo Sotelo– contribuyeron enormemente a aumentar la polarización. Los asesinos del líder de la oposición eran personas próximas al dirigente socialista, Indalecio Prieto, que las protegió de cualquier investigación. Al igual que los fascistas italianos, los socialistas españoles «eran la principal fuente de violencia política en sus respectivos países» (p. 72). El Gobierno del Frente Popular no consiguió cobrar conciencia de que las democracias podían gobernarse únicamente desde el centro y este error garrafal acabó por dar lugar a una guerra civil.Ambas facciones se equivocaron al pensar que la guerra sería breve. La contienda se convirtió, en cambio, en una guerra de desgaste entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, con ambos practicando el terror de forma masiva y asesina. Los nacionalistas se embarcaron en campañas de limpieza política, mientras que los republicanos adoptaron una variedad político-religiosa más sintética: «A pesar de toda la retórica sobre el “exterminio”, principalmente en los libros publicados en España durante estos diez últimos años, el único sector social que fue señalado como objetivo de “exterminio” desde todos los puntos de vista fue el clero» (p. 116). Las masacres y los numerosos actos de iconoclastia llevados a cabo por los revolucionarios mostraron su deseo de sustituir la antigua religión por su nueva fe laica. A modo de reacción, el catolicismo se convirtió en la fuerza cultural más cohesiva en la zona nacionalista y, el conflicto español, la mayor guerra de religión del siglo XX. En contraste con sus homólogos fascistas en Alemania e Italia, la Falange pasó a ser ultracatólica. Resulta sintomático que, después de la guerra, la Iglesia recuperara privilegios que había poseído durante el reinado de Alfonso XIII.Aunque Payne afirma que un a menudo poco imaginativo Franco desaprovechó varias oportunidades para lograr una victoria más rápida, el Caudillo acabó por demostrar su competencia en la logística y la estrategia que requería una guerra civil prolongada. Su puente aéreo de tropas norteafricanas –llevado a cabo con ayuda alemana e italiana– evitó el fracaso del alzamiento. Las operaciones combinadas de las fuerzas aéreas y de la infantería que utilizó el Generalísimo para conquistar el norte fueron precursoras de las realizadas en la Segunda Guerra Mundial. La implicación de sus tropas de élite, que se enfrentaron a menudo a ejércitos mayores en número de su enemigo republicano, contribuyó en gran medida a la victoria nacionalista. Por otro lado, al igual que en muchas revoluciones –la inglesa, la francesa, la rusa y la china–, la República intentó crear un «nuevo ejército ejemplar», pero acabó copiando las viejas estructuras militares. Aunque el Ejército Popular cosechó una serie de importantes victorias defensivas –las batallas de Madrid, Guadalajara y Valencia–, su escasez de oficiales bien formados y comprometidos de baja graduación y sus dificultades logísticas lo debilitaron de forma decisiva.Al contrario que otras guerras civiles europeas contemporáneas, en el conflicto español se vieron también implicadas fuerzas navales y aéreas. A pesar del alto grado de politización de los marineros revolucionarios de base que eran capaces de dominar los barcos al comienzo de la guerra, la armada republicana demostró ser incompetente; los nacionalistas, por el contrario, utilizaron sus propias fuerzas navales más modestas de un modo más eficaz. La guerra aérea durante el conflicto presagió –a una escala mucho más reducida– la de la Segunda Guerra Mundial. Ambas facciones respondieron a los ataques aéreos ofensivos con represalias contra poblaciones urbanas, aunque los nacionalistas superaron con mucho a los republicanos en el número de civiles masacrados. Los insurgentes se granjearon un aluvión de publicidad negativa en todo el mundo, ejemplificada en el Guernica de Pablo Picasso.El aspecto más sorprendente del conflicto español puede que haya sido la política económica nacionalista. La relativamente eficiente economía nacionalista superó no sólo a la de su enemigo republicano, sino también a la de sus homólogos contrarrevolucionarios (pero sumamente corruptos) de la Rusia blanca o la China nacionalista. En la zona roja, la revolución obrera más profunda del siglo XX probablemente perjudicó más que ayudó a la causa republicana. No sólo la producción se mantuvo relativamente estancada en la zona republicana, sino que la confiscación revolucionaria de la propiedad privada también alejó a las democracias capitalistas de la República. Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos se mostraron reacios a ayudar a lo que se percibía como un régimen desorganizado y sanguinario, por más que fuera legal. Las potencias fascistas –Alemania e Italia– mostraron una audacia mucho mayor. Hitler utilizó el conflicto con éxito para cimentar su alianza con Italia y para distraer la atención de las democracias de los planes expansionistas alemanes en Europa central y oriental. Mussolini consideraba a España como parte de su esfera de influencia mediterránea y presionó a los nacionalistas para que adoptaran su modelo fascista.Payne es experto especialmente en la política soviética en relación con España. Interpreta a los Frentes Populares propagados por la Tercera Internacional no como un indicativo de ninguna verdadera moderación de los objetivos comunistas, sino como una táctica que daría lugar de un modo más fiable a la revolución. Durante la Guerra Civil, el objetivo comunista era establecer un nuevo tipo de república que se asemejara de muchas maneras a las «democracias populares» que el Ejército Rojo impondría en Europa oriental tras la Segunda Guerra Mundial. Así, en contraste con la extrema izquierda (y con historiadores como Hugh Thomas), Payne no ve la política comunista como contrarrevolucionaria, sino más bien orientada hacia la construcción de «un régimen autoritario de izquierdas» (p. 195) con una economía parcialmente nacionalizada. Juan Negrín compartía esta opinión, pero la República «semipluralista» no se convirtió nunca en un Estado títere estalinista, aun a pesar de que los comunistas dominaran el Ejército Popular. El conflicto español incrementó enormemente el prestigio de la Unión Soviética. El antifascismo brindó al comunismo una nueva vida y le procuró prestigiosos artistas, intelectuales y científicos como compañeros de viaje. Entre estos últimos figuraron agentes de espionaje que acabarían ofreciendo información –por lo general de un valor limitado– sobre el desarrollo de la bomba atómica a la Unión Soviética.Álvarez Tardío y Villa comparten perspectivas muy similares a las de Payne. Los tres autores consideran la llegada de la Segunda República como «revolucionaria» y a la izquierda jacobina y exclusivista más responsable del fracaso del régimen que la derecha corporativista y autoritaria. Los autores de El precio de la exclusión conocen los modelos republicanos franceses y muestran los orígenes contrarrevolucionarios de la Tercera República. Defienden que –en contraste con la Tercera República francesa en sus primeros años– la incapacidad de la Segunda República española para integrar a un gran número de católicos la condenó al fracaso. La izquierda moderada de la Tercera República francesa –dirigida por Léon Gambetta– limitó su jacobinismo y consiguió llegar a «las clases medias rurales», grupos que se volverían, en cambio, contra la Segunda República española. Los republicanos católicos –como Niceto Alcalá-Zamora– quisieron desempeñar un papel similar al de Adolphe Thiers, el monárquico francés que pasó a ser un republicano renuente pero comprometido. Sin embargo, Alcalá-Zamora recibió un apoyo insuficiente por parte de los republicanos de izquierda y los socialistas, que cimentaron su alianza sobre la base del anticlericalismo. La izquierda, cuya fuerza estaba en las ciudades, impuso en la España rural un sistema electoral que favorecía los centros urbanos con objeto de limitar el poder de los caciques. Un cambio incluso más progresista fue conceder el derecho de voto a las mujeres, aunque Álvarez Tardío y Villa refutan de manera convincente la afirmación de muchos izquierdistas de que el voto femenino dio la victoria a la derecha en las elecciones de 1933. Más peligrosamente, la Ley de Defensa de la República (1931) concedía un excesivo poder arbitrario a un Gobierno deseoso de suprimir cualquier campaña para revisar su constitución anticlerical. La arbitrariedad gubernamental se intensificó tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936. Las autoridades locales destituyeron ilegalmente a los concejales derechistas y no protegieron ni la propiedad ni las vidas de sus adversarios políticos y sociales. La coalición del Frente Popular manipuló los resultados de las elecciones en Cuenca y –como demuestran persuasivamente los autores– en Granada. Mantienen que las elecciones celebradas en Granada en mayo de 1936 marcaron el final del «proceso de modernización política» iniciado en 1876. Al igual que Payne, Álvarez Tardío y Villa concluyen que, en 1936, la República se había convertido en un régimen no democrático que representaba únicamente a los partidos de la izquierda.Álvarez Tardío y Villa se distancian de las explicaciones sociales para el colapso de la República y el estallido de la Guerra Civil. Se centran exclusivamente en la política y resaltan las semejanzas entre España y las naciones europeas más avanzadas. Sostienen que los republicanos de izquierda y los socialistas se equivocan al creer que España era una sociedad atrasada que necesitaba un proyecto radical de modernización. El juicio negativo que le merecía a la izquierda el legado de la monarquía constitucional liberal abrió la puerta a su jacobinismo.Mi impresión, no obstante, es que la persistencia a mediados del siglo XX no sólo del jacobinismo, sino también de movimientos revolucionarios violentos –ya fueran socialistas, comunistas o anarquistas–, era el reflejo de una sociedad subdesarrollada que difería marcadamente de su vecino septentrional. De hecho, los autores proporcionan el que quizá sea el mejor análisis de la revuelta anarquista de diciembre de 1933, que fue un presagio de la incluso más sangrienta Revolución de Asturias. Ambas se asemejaron al tipo de rebeliones proletarias que habían estallado en la Francia del siglo XIX, pero no en la del XX. La Segunda República española se vio obligada a hacer frente a una serie de cuestiones –las relaciones entre Iglesia y Estado, gobierno militar y civil, región y nación, y reforma agraria– que los países más desarrollados ya habían resuelto en los siglos XVIII y XIX. El intento de enfrentarse a todos estos problemas de forma simultánea debilitó a la República, pero su fracaso a partir de febrero de 1936 en el ámbito de la protección de la propiedad privada y la seguridad personal resultó ser incluso más fatídico. La violenta guerra civil subsiguiente se asemejó muy especialmente a los brutales conflictos que se produjeron en las sociedades aún más atrasadas de Rusia y China en el siglo XX.Los tres autores infravaloran el empeño de la derecha en socavar las bases de la República. Payne afirma que Alcalá-Zamora pidió constantemente a la CEDA que se declarase leal a la República, pero que la CEDA se negó porque «el “republicanismo” en España era un indicativo de apoyo a un régimen sectario que negaba buena parte de sus derechos a los católicos» (p. 41). Álvarez Tardío y Villa admiten que la CEDA no fue nunca enteramente leal al régimen y culpan al jacobinismo revolucionario de la izquierda del fracaso a la hora de reconciliar a los católicos con la República. Es posible que una serie de medidas que restringían la práctica religiosa –la secularización de los cementerios católicos, la prohibición de las procesiones callejeras y la imposición de la educación laica– fueran inoportunas y abiertamente provocadoras, pero cualquier régimen que separe la Iglesia del Estado echará inevitablemente por tierra algunos privilegios católicos. Si la izquierda puede ser criticada por no apoyar a los católicos moderados, como Alcalá-Zamora, otro tanto podría hacerse con la derecha. A Gambetta se le recuerda por su grito de guerra de 1877 («Cléricalisme, voilà l’ennemi») tanto como por su moderación.La pérdida de privilegios o incluso derechos no debería confundirse con la persecución de una Iglesia que había creado un modelo global de intolerancia durante sus muchos siglos de monopolio religioso. Su posición en España a comienzos de la década de 1930 era ciertamente mejor que la de su homóloga en México en los años veinte o incluso en Francia en la segunda década del siglo XX. Aun así, muchas de sus publicaciones atacaron ferozmente a la República. Gil-Robles, el dirigente de la CEDA que mostró unas simpatías crecientes por el fascismo después de que Hitler accediera al poder a comienzos de 1933, provocaba un temor comprensible en la izquierda. Otro tanto puede decirse de la ofensiva indiscriminada contra la izquierda a partir de octubre de 1934. Desgraciadamente, tanto la izquierda como la derecha creían que sólo la represión podía salvar a la República o a España, y ambas tenían la sensación de que la tolerancia del enemigo acabaría conduciendo a su propia destrucción. Como señala Payne, sólo un número cada vez más reducido de republicanos conservadores, y especialmente el Partido Radical, apoyaron la democracia liberal. La corrupción generalizada de esta última demostró ser preferible a los asesinatos en masa que llevaron a cabo cada una de las dos facciones en cuanto estalló la guerra. Tanto la izquierda como la derecha persiguieron o mataron a aquellos que cumplían las leyes y respetaban la constitución.Aunque insuficientemente críticos con la derecha y con la Iglesia, estos libros demuestran la incesante vitalidad de las investigaciones sobre la Segunda República y la Guerra Civil. El trabajo de Álvarez Tardío y Villa expone nuevos y bien estudiados argumentos a favor del sectarismo de la República. La síntesis de Payne está llena de observaciones provocadoras y estimulantes procedentes de un historiador extremadamente capaz.

dimarts, 16 de novembre del 2010

¿Cómo le ganó Occidente a Oriente?

Ian Morris. Profesor de la Universidad de Stanford, para la BBC

El dominio económico pasó de China a Europa y a Estados Unidos. Ahora, volverá a empezar la vuelta al mundo.


Se anticipa que China recuperará pronto su posición como la economía más grande del mundo, un rol que mantuvo durante 18 de los pasados 20 siglos. Pero, ¿cómo fue que Estados Unidos, el Reino Unido y el resto de Europa interrumpieron esa supremacía?
¿Por qué Occidente domina el mundo?
Los europeos se han estado haciendo esa pregunta desde el siglo XVIII, y los africanos y asiáticos desde el XIX. Pero aún no se ha llegado a una respuesta única.
Hubo quienes alguna vez alegaron que los occidentales eran sencillamente superiores biológicamente. Otros han argumentado que la religión, cultura, ética o instituciones occidentales son excepcionalmente excelentes, o que Occidente tiene mejores líderes. También hay quienes rechazan todas estas ideas e insisten en que la dominación occidental no es más que un accidente.
Pero en los últimos años, una nueva teoría ha venido ganando terreno.
La gente, dice, es muy parecida en todo el mundo. La razón de que algunos grupos siguieran cazando y recolectando mientras otros consolidaban imperios y tenían revoluciones industriales no tiene nada que ver con genética, creencias, actitudes o grandes hombres: es una simple cuestión de geografía.

China e India están a punto de recibir la posta de potencias globales, pero para explicar la razón por la cual el Occidente domina hay que remontarse 15.000 años, al momento en el que el planeta se calentó al final de la Edad de Hielo.
La geografía en ese momento dictaba que sólo había unas pocas regiones en el mundo en las que la agricultura era posible, pues sólo ellas contaban con el tipo de clima y terreno que permitía la evolución de plantas y animales silvestres que potencialmente podían ser domesticados.
Las concentraciones más densas de esas plantas y animales se encontraban en la parte occidental de Eurasia, alrededor de las cabeceras de los ríos Eufrates, Tigris y Jordán en lo que ahora se conoce como Asia suroccidental. Fue entonces ahí, alrededor de 9000 AEC, que empezó la agricultura y se extendió a través de Europa.
La actividad agrícola también se dio independientemente en otras áreas, desde China hasta México, pero debido a que las plantas y los animales que podían ser domesticados eran algo menos comunes en esas zonas, el proceso tomó miles de años más en conformarse.
Esas otras regiones con complejas sociedades agrícolas también se expandieron, pero el Occidente retuvo su liderazgo inicial por mucho tiempo, produciendo las primeras ciudades, Estados e imperios.
Sin embargo, si esto lo explicara todo -que el Occidente tuvo ventaja y la ha aprovechado-, no habría controversia respecto a las razones de su preponderancia.



En realidad, cuando revisamos la historia, notamos que todo es más complicado.
La geografía determinó la manera en la que las sociedades se desarrollaron, pero la manera en la que las sociedades se desarrollaron determinó cuán significativa fue la geografía.
En los inicios de la agricultura, tener las temperaturas, lluvias y topografía apropiadas era esencial. Pero cuando los pueblos crecieron y se tornaron en ciudades, estos hechos geográficos empezaron a ser menos importantes que vivir cerca a un gran río, como el Nilo, que posibilitaba la irrigación.
Y cuando los Estados se tornaron en imperios, estar cerca a un río empezó a ser menos importante que tener acceso a un mar navegable, como el Mediterráneo, que le permitió a Roma transportar sus alimentos, ejércitos e impuestos.
Cuando los antiguos imperios se expandieron aún más, el significado de la geografía cambió de nuevo. Las largas franjas de estepas que van desde Mongolia a Hungría se convirtieron en una especie de carretera por la que los nómadas se movían con libertad, debilitando a los imperios mismos.


En los primeros cinco siglos de la era común, los grandes imperios del Viejo Mundo -desde Roma en el oeste hasta Han en el este- cayeron, y los cambios políticos transformaron nuevamente la geografía. China recreó un imperio unificado en el siglo VI, pero Occidente no.
Por más de un milenio, hasta al menos 1700, China fue el lugar más rico, fuerte e innovador de la Tierra, y Oriente se le adelantó a Occidente.
Inventores de Asia oriental lograban grandes avances constantemente. Para 1300 sus barcos podían cruzar océanos y sus armas básicas podían disparar contra otros a distancia.
Pero de repente, en una de esas paradojas comunes en la historia de la humanidad, estos inventos orientales cambiaron una vez más el significado de la geografía.


Estar más cerca de América que China le permitió al Reino Unido conquistar el mundo.
Europa occidental -suspendida en el frío del Atlántico norte, lejos de los centros de acción- siempre había estado rezagada. Pero cuando los europeos se enteraron de que existían esos barcos que cruzaban oceános y tenían armas, su ubicación en el Atlántico de repente se convirtió en una enorme ventaja geográfica.
Antes de que se pudiera cruzar el océano, no importaba que Europa estuviera dos veces más cerca que China de las vastas y ricas tierras americanas. Pero con los barcos, esa cercanía empezó a ser el hecho geográfico más importante del mundo.
El Atlántico, con sus 3.000 millas de extensión, era lo suficientemente grande para que una gran cantidad de productos se produjeran cerca de sus costas en Europa, África y América, y lo suficientemente pequeño para que las naves de la era de Shakespeare lo cruzaran con facilidad.
En contraste, el Pacífico era demasiado grande. Implicaba un viaje de 8.000 millas desde China hasta California, algo a duras penas posible hace 500 años y demasiado caro para que el comercio fuese rentable.


La geografía entonces determinó que fueran los europeos occidentales y no los mejores marineros del siglo XV -los chinos- quienes descubrieran, saquearan y colonizaran América.
Los marineros chinos eran igual de aventureros que los españoles, los colonos chinos tan intrépidos como los británicos, pero los europeos, no los chinos, se tomaron América... porque les quedaba mucho más cerca.
Los europeos pasaron a crear, en el siglo XVII, una nueva economía de mercado en las costas del Atlántico, explotando las ventajas comparativas entre los continentes. Eso forzó a los intelectuales europeos a confrontar nuevos interrogantes sobre los vientos y mareas. Aprendieron a medir y contar mejor, y descifraron códigos físicos, químicos y biológicos.
Como resultado, Europa, no China, tuvo una revolución científica. Los europeos, no los chinos, tiñeron a la sociedad con la perspicacia científica en el siglo XVIII en lo que se conoce como el Siglo de las Luces.
Para 1800, la ciencia y la economía de mercado del Atlántico llevó a los europeos occidentales a mecanizar la producción y a desatar el poder de los combustibles fósiles. Gran Bretaña tuvo la primera revolución industrial del mundo y, para 1850, tomó las riendas del mundo como un coloso.


Pero el poder transformador de la geografía no para ahí.
Para 1900, la economía global dominada por los británicos había valorado los recursos de Norteamérica y eso cambió el significado de la geografía otra vez. Estados Unidos, hasta hacía poco periferia atrasada, se convirtió en la nueva columna vertebral global.
Y el proceso continuó. En el siglo XX, la economía global dominada por los estadounidenses a su vez revaloraron los recursos de Asia.
A medida que los buques y aviones de carga tornaban incluso al vasto Océano Pacífico en un charco, las aparentemente atrasadas periferias de Japón, luego los "tigres asiáticos" y eventualmente China e India se convirtieron en lo que EE.UU. había llegado a ser.


El "ascenso del Oriente", tan sorprendente para muchos en Occidente, era totalmente predecible para aquellos que entendieron que la geografía determina cómo se desarrollan las sociedades, y que la manera en que las sociedades se desarrollan simultáneamente determina el valor de la geografía.
Cuando el poder y la riqueza se trasladaron a través del Atlántico desde Europa a América a mediados del siglo XX, el proceso fue horrorosamente violento.
A medida que vamos hacia mediados del siglo XXI, el poder y la riqueza se trasladarán a través del Pacífico de Estados Unidos a China.
El gran reto para la próxima generación no es cómo evitarlo sino cómo manejar las consecuencias sin caer en una Tercera Guerra Mundial.

dilluns, 15 de novembre del 2010

Lepanto


Historiadeiberiavieja.com Dos mundos frente a frente. Por un lado, el imperio otomano, dispuesto a conquistar los pueblos del Mediterráneo. Y, por otro, la Santa Liga, formada por reinos cristianos prestos a defenderse del avance turco. Nunca, en un espacio geográfico tan pequeño, se enfrentaron tantos hombres y murieron tantas almas. Fue la batalla más grande de todos los tiempos. Y, seguramente, la que decidió cómo serían los tiempos posteriores… hasta hoy. Felipe II y las tropas españolas fueron decisivas.

Bruno Cardeñosa y Alberto de Frutos.
Puerto de Barcelona. En cada una de las 50 galeras que enviaba el rey Felipe II para unirse a la Santa Alianza los tripulantes van entrando según su rango y dedicación. Los primeros en hacerlo entran en realidad en un campo de concentración del siglo XVI. Aunque la prisión de entonces sería un barco. Son los remeros. Los galeotes. Los hombres que con su fuerza bruta moverán las naves que se reunirán para frenar el avance turco en el Mediterráneo.Muchos de ellos fueron reclutados en las calles y en lugares de mala muerte en atención a la leva forzosa que les obligaba a servir a la Armada. La normativa de la época afectó a “vagos, mendigos y maleantes”. Y, entre ellos, gitanos y miembros de etnias que fueran consideradas inferiores. Nadie quería ir voluntariamente a una batalla que se prometía sangrienta. Junto a ellos un buen número de presos condenados a perpetuidad y enemigos capturados en batallas anteriores. Se da la circunstancia de que esos enemigos practicaban la religión islámica, con lo cual a los capataces no les quedó más remedio que advertirles de que, si no hacían lo mandado, les cortarían el cuello. Sólo con asomarse y descansar en su trabajo un segundo, el filo de una espada los partiría en dos. Lo tenían claro. Y asumido. Tampoco les quedaba más remedio a los esclavos e hijos de esclavas que habían sido comprados en plazas y mercados, y que también fueron conducidos a las bodegas de las galeras. Nada que no nos suene del siglo XX. Al entrar en el puerto, cada uno de aquellos hombres era sometido a un proceso indigno. Se les desnudaba por completo y se les efectuaba una rápida revisión médica para evitar que pudieran contagiar cualquier enfermedad al resto de desgraciados que hacían fila y que, después, pasarían semanas encerrados en los sótanos del barco. Les daban dos camisas; la puesta, y otra más. Dos calzones; el puesto y otro más. También un gorro. Y algo de ropa de abrigo. Después, les cortaban el pelo, la barba, y revisaban aquellas partes distintivas de su cuerpo. Era una forma de identificarlos para evitar huidas. Por eso los solían afeitar: para ser más reconocibles. Finalmente, se les conducía a su “residencia”: un banco junto a babor o estribor desde donde día y noche debían remar y remar. Hasta desfallecer. O morir. Cada día les daban un poco de comida y dos litros de agua. Lo justo. Ni una gota de más ni una caloría extra. Eso sí, a algunos les prometían la liberación en caso de resultar vencedores. Para los presos de otros combates, la esperanza estaba en que los suyos vencieran en la guerra, y así les abrieran los grilletes y les soltaran las cadenas que ataban a todos en una hebra que recorría la estancia, uniendo a un galeote con otro, y a este otro con el siguiente. Lógicamente, no remarían como remaban si no fuera porque el filo de la espada estaba casi siempre enfriando su cuello.Podría parecer increíble, pero, entre los reclutados, se colaba algún que otro voluntario que encontraba allí una pequeña posibilidad de escapar de la miseria que cada vez se notaba más en las grandes ciudades, aquejadas de heridas estructurales y sociales como consecuencia de los tiempos de guerra que se vivían. A estos últimos se les daba un pequeño jornal. Si lograban sobrevivir, podrían disfrutar de algunos días de quehacer diario salubre y digno. No era sencilla la meta; había que ganar a un enemigo feroz y salir con vida de aquellos sótanos malolientes y repletos de heces y orín, porque los excusados que tenían a su alcance eran únicamente los bancos de madera en los que se sentarían sin levantarse durante semanas. Aquellas galeras eran, en buena medida, los primeros campos de concentración de la historia. Por el bando turco había miles de remeros en idénticas circunstancias. Y por el bando santo casi diez mil. En términos navales, estos pasajeros forzosos recibían el nombre de “chusma“. De ahí viene la expresión que tanto utilizamos ahora para referirnos a las malas gentes. Sólo eran la punta de iceberg del ejército que se organizó para detener al turco, que amenazaba a la civilización europea en todo su sentido. Porque en total, entre remeros, personal auxiliar y guerreros, las tropas de la Santa Liga reunida por el papa Pío V ascendían a 64.000 efectivos, formados por lo más granado de la Armada de España, Venecia, Génova, Saboya, Malta y el Vaticano. Frente al ejército cristiano, los otomanos habían logrado reunir, por lo menos, diez mil efectivos más. Eso sí, sus barcos y sus armas arrastraban una biografía que, aunque triunfal, causaba mella. Ya el año anterior, los turcos habían atacado Chipre. Lo intentaron con Malta, pero la ofensiva fue rechazada por los europeos. Aun así, su avance hacía tambalear el mundo conocido. Que era Europa, y poco más. Y ese poco más estaba dispuesto a dominar al mucho resto. Bien que parecían conseguirlo.

diumenge, 14 de novembre del 2010

Arafat fue envenenado pero no en la comida, según uno de sus guardaespaldas


EFE. El histórico dirigente palestino Yaser Arafat murió envenenado, pero no por una sustancia letal colocada en su comida, desveló uno de sus antiguos guardaespaldas, Imad Abu Zaki, en una entrevista publicada hoy.
Abu Zaki, quien escoltó a Arafat desde 1988 hasta su fallecimiento en 2004 en un hospital de París por motivos aún desconocidos, cree que la principal hipótesis de la muerte del rais es que "fue envenenado".
Sin embargo, descarta que el veneno fuese depositado en la comida, una de las teorías más extendidas entre los palestinos y de la que se acusa a los servicios secretos israelíes.
"No creo que hubiera veneno en su comida porque solíamos comer lo mismo, yo media hora antes de que él lo hiciera. Lo más probable es que fuera envenenado por algún otro medio", dijo Abu Zaki al rotativo en árabe "Al-Hayat", que se edita en Londres.
Abu Zaki, de 47 años, relata a modo de ejemplo cómo reaccionó en una ocasión en que "un invitado extranjero trajo bombones y se los ofreció al rais".
"Inmediatamente cogí la caja y distribuí los bombones entre todos los guardaespaldas presentes. Hacía lo mismo con todas las cajas de bombones, dulces o cualquier otro alimento que recibíamos como regalo", precisa.
La muerte de Arafat, cuyo sexto aniversario se conmemoró el pasado jueves, sigue envuelta en un halo de misterio, con teorías que van desde el envenenamiento (alimentario, por contacto físico o incluso a través de los oídos) hasta el sida, pasando por una cirrosis no vinculada al alcohol.
El hospital militar de Percy (cerca de París), donde Arafat falleció tras dos semanas ingresado, no contribuyó a frenar las especulaciones cuando en las 588 páginas de informe médico que entregó a la familia no determinó los motivos de la muerte más comentada en la calle palestina.
El centro médico no halló rastro de veneno conocido en el cadáver del quien fue uno de los fundadores de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y rostro histórico de la lucha palestina.

divendres, 12 de novembre del 2010

La larga historia de las drogas

Los antecedentes históricos de las drogas se remontan desde los inicios de la raza humana. Adoradas por los antiguos, absorbidas por poetas y legitimadas por los victorianos, los estupefacientes han jugado un papel muy importante en el desarrollo de la Historia. John Walsh ha querido recoger todo su recorrido en su último libro.
En la actualidad, el negocio de las drogas ilegales es el tercer mercado, tras las armas y el petróleo, que más dinero mueve, generando anualmente unos 230 mil millones de euros al año.
A lo largo de la historia del ser humano, muchas han sido las sustancias estupefacientes que se han utilizado, aunque fue a partir de la década de los cuando los organismos oficiales decidieron reglamentar su uso en algunos países de Europa y declararlas ilegales. Aunque la intención fue buena, las normativas mundiales no han logrado controlar el tráfico de drogas ya que siempre han estado presentes en la vida humana.
Según recoge The Independent en un reportaje sobre este tema, ya en la década de 1670 se llevaban a cabo festivales de la droga. Uno de ellos fue el que se llevó a cabo en el Golfo de Vizcaya, donde el capitán de barco Thomas Bowrey recoge en su diario los diversos efectos narcóticos que generó en su tripulación el consumo de una droga popular llamado Bhang, compuesta por vainas de cannabis picado mezclado con leche.
Desde el 2000 a. C hasta hoy
En el siglo XVII, el consumo de drogas entre la clase alta era muy popular. Científicos expertos actuales como Mike Jay, Carolina Fisher y Emily Sergente hablan también de una droga llamada Chillum, un narcótico compuesto por huesos de puma con una datación del 2000 a.C.
Según los informes de estos expertos que se recoge en el libro, ya en el año 300 a. C. un amigo de Sofócles, Teofrasto, escribió tratados botánicos sobre diferentes plantas de tipo narcótico. También, poco después del nacimiento de Cristo se ha hallado una lista, elaborada por Dioscórides, de un millar de drogas que eran utilizadas para la práctica médica, cuyos efectos iban desde el sueño hasta el frenesí o el alivio del dolor.
Los estudiosos, por lo general, en vez de huir del uso de este tipo de elementos, se apresuraban a examinarlos. Algunos de ellos, como la belladona o la mandrágora, fueron estudiados minuciosamente para marcar las dosis adecuadas de uso, ya que un abuso podía supones desde alucinaciones febriles hasta convulsiones o infartos.
Usos en la Brujería
Los efectos alucinógenos de algunas drogas han fomentado la superstición de la población a lo largo de la historia. En ocasiones, se asociaba el uso de determinadas hierbas con la brujería.
Un caso ejemplar que se recoge en el artículo de The Independent es un informe de 1545 del científico Andrés Laguna, médico del Papa Julio III sobre la tortura de un matrimonio acusado de brujería por usar una extraña pomada verde. Los efectos, experimentados por el médico en una mujer, fueron somníferos. La dama quedó dormida por un período de más de 36 horas y al despertar dijo haber experimentado un aquelarre y un baile con el diablo.
Mejoras para la medicina
La introducción de las drogas en el mundo de la medicina ha sido algo muy beneficioso para el ser humano. Aunque en un principio sus aplicaciones no fueron médicas, el "gas de la risa" usado como narcótico desembocó en los actuales sistemas anestésicos.
Tal como expone Mike Jay en el libro, la imaginación es muy importante para la introducción de las drogas que alteran la mente del público en la medicina. En un principio, el conocido "gas de la risa" era utilizado en un balneario cerca de Bristol. Allí, Thomas Beddoes experimentó en sus pacientes hasta desarrollar el preludio de la actual anestesia.
Usos de poetas y escritores
Aunque el gas de las risa se utilizaba ya por entonces para beneficios terapéuticos, Samuel Taylor Coleridge ya había experimentado los primeros usos del gas de la risa como droga, y sus cuadernos están llenos de informes sobre su estado de ánimo, pero también consumía otro tipo de narcóticos como el Opio, concediéndole el sobrenombre de "la gran luz del intelecto majestuoso".
Escritores posteriores fueron igualmente entusiastas acerca de esta clase de sustancias. Virginia Woolf se refería a su droga de cloral como "el príncipe de Dios con los ojos de la polilla y los pies de pluma". WH Auden tomó anfetaminas durante 20 años, como tabletas de vitamina, en el desayuno. Chips Channon, el cronista tanto de la Reina de España y de la Reina de Rumanía, permanecía atado a sus cócteles con benzedrina.
Resulta sorprendente descubrir, a través de este libro, como muchos de los narcóticos que hoy son ilegales se dispensaban hace 100 años en cualquier farmacia o comercio. Desde cocaína líquida en botellas, con el nombre de "Salón del Vino de Coca" hasta la heroína comerciaizada por la marca Bayer en Reino Unido.

dimecres, 10 de novembre del 2010

Kaliningrado, un exclave ruso en Europa

Emma Rodriguez
Este exclave ruso situado entre Lituania y Polonia, con un territorio del tamaño de Kósovo, actualmente consta de una población de medio millón de habitantes, fue cedido a la Unión Soviética en 1945.
En realidad, la región de Kaliningrado nunca fue rusa, sino alemana. Pertenecía a Prusia, corazón de la Alemania imperial. En los últimos estertores de la II Guerra Mundial, Prusia fue literalmente destrozada y arrasada por los soviéticos.
Tras la guerra, fue troceada y repartida como botín entre diferentes países de la Europa comunista. La ciudad de Königsberg (‘Montaña del Rey’, en alemán), antiguo orgullo de la corte prusiana, quedó destruida.La mayor parte de Prusia fue a parar a la nueva Polonia socialista, que expulsó a los alemanes que habían vivido allí durante siglos. Otra parte quedó en manos de la Alemania oriental. Finalmente, la Unión Soviética decidió reservarse para sí una parte pequeña pero estratégica, con un acceso privilegiado al mar Báltico y con el 90% de las reservas mundiales de ámbar.Es la ciudad natal de intelectuales como Immanuel Kant, David Hilbert, Gustav Kirchhoff y Goldbach.La zona, por su importancia estratégica, estuvo cerrada al acceso de extranjeros hasta 1991.Kaliningrado, fué el ‘baluarte este’ de los nazis, fue reconstruida sobre las ruinas de la antigua Königsberg y ha tenido mala prensa desde la Perestroika, como vestigio sombrío de la época soviética. Tras la caída de la Unión Soviética, Kaliningrado se convirtió en un enclave ruso geográficamente separado del resto de Rusia. Este aislamiento del resto de Rusia se acentuó aún más cuando Polonia y Lituania pasaron a ser miembros de la OTAN y posteriormente de la Unión Europea en 2004. Por esta razón, todos los rusos que quieren pasar de esta región al resto de Rusia tienen que hacerlo a través de países miembros de la OTAN y la UE, y requieren visado. El presidente Vladímir Putin declaró que este requerimiento de visa era una violación de la soberanía rusa.Cuando expulsaron a los últimos alemanes que quedaban en 1946, llegaron personas de todos los rincones de la Unión Soviética, sobre todo de Asia central. Hoy en día, la ciudad constituye una zona económica especial de la Federación Rusa.Asimismo, Kaliningrado recibió un trato especial durante la presidencia de Vladímir Putin: de hecho, su esposa es originaria de esta ciudad.Gracias a los ingresos generados por el petróleo y al dinero federal Putin propuso la creación de una zona de libre comercio en la región, para convertir a Kaliningrado en el "Hong Kong del Báltico".

dilluns, 8 de novembre del 2010

Hugo Boss, el sastre de los nazis

Observar los uniformes nazis en un primer momento nos producen rechazo, pero sí lo vemos con detalle y retiramos su cruz esvástica encontramos que tienen su atractivo.Espectacularidad, riqueza y diversidad son los tres conceptos que definen estos diseños de la Alemania nazi. El Tercer Reich no dudó en cuidar su imagen como estrategia en su ascenso al poder, hoy estaríamos hablando de un marketing muy bien estudiado.La prestigiosa y archifamosa marca Hugo Boss, sin olvidar otras como Ford, Chanel, Volkswagen, General Motors, IBM o la petrolera Standard Oil Corporation, participó y se benefició del totalitarismo nazi, así lo demuestra cuentas bancarias suizas y documentos donde los relacionan.Hugo Boss creó su taller de confección en 1923, en Metzingen en plena República de Weimar. Sin embargo, el negocio no era rentable y en 1931 estaba a punto de ir a la quiebra .
Hugo Boss no podía pagar a los 22 trabajadores que tenía en su empresa y la fabricación de impermeables y de ropa de trabajo no tenía mucha salida. No obstante, los tiempos cambiaban en Alemania al empezar la década de los 30.El NSDAP, el Partido Nacional Socialista Alemán, consigue importantes cuotas de poder y Hugo Boss no duda en afiliarse.
Lo haría el 1 de abril de 1931, con el número 508.889, viendo que este partido era una fuerza a punto de acaparar todo el poder en Alemania.Tras superar algunos problemas económicos, Boss pronosticó que el negocio era vestir a las fuerzas Hitlerianas; no dudó en hacerlo.
El crecimiento del nazismo en Alemania era evidente y en 1933 llegó al poder. Dos años más tarde, en 1935, Hugo Boss dejó de lado la fabricación de ropa civil y se dedicó sólo a la confección de uniformes.Como decíamos la primera sastrería de Hugo Boss fue fundada en Metzingen, localidad en la que entabló amistad con el también empresario textil Herold, de origen judío. Según los testimonios de los vecinos, Herold y Boss mantenían una sensacional relación, la cual se dió al traste con la llegada al poder de los nazis.
En 1938 la familia Herold huyeron a Holanda tras la noche de los Cristales Rotos, cuentan que la empresa de Boss, se quedo con toda la maquinaria y locales que poseía la empresa de Herold.La marca aprovecharía, además, la barata mano de obra judía y tras la caída de Hitler no fue hasta la década de los noventas cuando comenzó de nuevo su fama mundial.

diumenge, 7 de novembre del 2010

El sexo salvaje del Dictador


CARLES GELI
Benito Mussolini era brutal en muchos sentidos. También en la cama
. Lo deja bien claro su principal amante, Clara Petacci, en los diarios que escribió en los años treinta, contando con todo detalle sus encuentros sexuales con el Duce. Morbosas manías e intimidades que se publican ahora en España.
Si hubiese podido, hoy te habría penetrado con el caballo". El zoofílico piropo corresponde a la llamada de la una del mediodía del 26 de febrero de 1938, la primera de la docena que casi con puntualidad suiza realiza a cada hora y cada día sin falta desde hace casi dos años el dictador Benito Mussolini a su joven amante Clara Petacci, así Hitler haya iniciado el Anschluss, así las legiones italianas hayan entrado victoriosas en Tortosa en plena Guerra Civil Española. Y pobre de él si no lo hace. Enésima amante del Duce -"he llegado a tener 14 y a acostarme con cuatro cada noche", le confesará con pocos visos de exagerar-, parece que le tiene bien pillado. Se ha esforzado: a sus 13 años "ya te había ofrecido mi vida entera", le escribe mucho después Claretta, que pidió entonces a sus padres que la llevaran a un discurso del inflamado orador. Fotografías, recortes de prensa cual fan... Ahora, casi una década después, el azar se lo ha puesto fácil para marcar al líder de sus sueños: la hija del médico del papa Pío XI no tiene más que asomarse a la ventana para divisar la parte de atrás de los jardines del palacio Venezia de Roma, donde reside su caballero ideal.

Hipercelosa con fundamento, Petacci es, a sus 22 años, además, grafómana. Y por ello puede seguirse al detalle el pensamiento más íntimo y, claro, las manías sexuales del dictador entre 1932 y 1938, el periodo que comprenden los minuciosos diarios de la joven, Mussolini secreto (Crítica), publicados ahora en España.
La "ricitos" -así la bautizaron sus competidoras- no lo tenía fácil para quedar como "la única del harén", como le elogió el siempre embustero Mussolini. Había quedado seducida por un hombre muy fuerte ya desde niño, que "crecía como una planta salvaje, haciendo llorar mucho a mi madre", según confesión de cama tras uno de los agitados y extenuantes coitos habituales.
Mussolini ama a lo bestia, pertrechado con viriles creencias que le expone por teléfono o en directo: "El sexo es la primera expresión del organismo". "Hacer el amor vivifica las ideas, ayuda al cerebro; me gustaría saltar desde aquí sobre tu cama como un tigre". Y se identifica con el coito del toro: "Magnífico, grandioso; en pocos segundos ha terminado; en el momento culminante es terrible, inmediatamente después está calmado y se retira melancólico; la vaca se mantiene inmóvil, tranquila". Es fácil seguir sus proezas: Petacci subraya la fecha del dietario o pone un sí en las entradas cuando culminan sus relaciones.
El primer contacto completo es fruto de la euforia: el 6 de mayo de 1936, Mussolini conquista Etiopía y proclama el imperio; a las pocas semanas, se estrena con su joven amante, que, a base de insistencia, cartas aduladoras y visitas de 15 minutos, ha conseguido hacerse un hueco en la agenda y en la cabeza del dictador. El guión de los encuentros pasa, tras el sinfín de llamadas diarias, por una cita en la trastienda del inmenso palacio Venezia a media tarde. Arrullada a los pies de un Duce cansado y que lee la prensa, escucha la radio o que ultima un discurso ("arrodíllate, adora a tu gigante que te ama"), acaban acostándose juntos, haciendo el amor "arrebatado": "Hacemos el amor y grita como un animal herido"; "lo hacemos con violencia". Inmediatamente, el león dormita; ella le vela. Al poco, se despierta y come algo ("Hacemos el amor con entusiasmo y brío... Luego se levanta y come la fruta como un salvaje"). La mayoría de las veces hay sesión doble. "No quiero hacer el amor una vez a la semana como los buenos palurdos; te he acostumbrado y me he acostumbrado a un amor frecuente y espero que no quieras cambiarlo", le avisa al poco de consolidar las relaciones, en octubre de 1937.
La virulencia no es un accidente o un juego de un día. Mussolini le cuenta a su joven compañera que a su esposa la desvirgó sobre una butaca "con mi violencia habitual", brutalidad que la joven Petacci ya conoce: mordiscos de los que dejan señal en el hombro, o casi una nariz rota en el vaivén sexual. "Pierdo el control: si no fuese así, los nuestros serían coitos maritales, aburridos".
Ella parece encajarlo bien: "Lo hacemos con tanta fuerza, que hasta me duele de la alegría", anota tras un largo encuentro en mayo de 1938. Es más, lo jalona y lo excita. Lo hace desde el primer día, con una prosa o un susurro musicados con la mejor fanfarria fascista: "Lanzadme la escalera de rayos de oro para que pueda subir hasta el sol: no puedo vivir sin su calor", le escribe en 1933 cuando busca las primeras audiencias. Y más: "Sois agresivo como un león, violento y majestuoso" (1936). "El emperador eres tú y nadie más; los Saboya son postales". "Te he visto resplandeciente como una estatua de bronce; cuando hablabas temblaban las murallas romanas a la voz del César...". "Estás guapísimo, bronceado, viril, sobre el caballo blanco" (1938).
Sabe Petacci a lo que juega. Mussolini tiene un punto de fachada, se intuye fragilidad tras el corpachón. Por un lado, psicológico: se siente solo e incomprendido, así por su esposa como muchas veces por buena parte de su nación. "Mi mujer nunca ha sido consciente de mi grandeza", lloriquea. "Nadie se ocupa de mí. ¿Te fijaste en que ayer llevaba los calcetines desparejados, uno distinto del otro?", le comenta. "Fuera de la política, me han de guiar en todo y para todo: 'Ahora come; ahora tápate; ahora bebe esto, ahora ve a hacer pipí, porque a veces lo retengo hasta tres horas".
También ha intuido la joven la preocupación por la decadencia física del Duce. Tiene 52 años y casi le dobla la edad. "Mira qué mentón más firme; entiendo que una mujer pueda dormir con una fotografía debajo de la almohada, como haces tú", le suelta ante unas fotos suyas hechas por un periodista norteamericano. "¿Ves a tu gladiador, a tu atleta? Dime que no soy viejo; no quiero envejecer, la vejez es repugnante", comenta por teléfono tras un desfile militar. En una de las confesiones más impactantes, le admite que le preocupa empezar cada mañana de su vida acudiendo al váter: "Me humilla". Hay algo que le atrae, sin embargo, de esa pieza: "Me gustaría que hicieras pipí aquí conmigo".
Esas obsesiones y las primeras habladurías sobre la relación con una mujer mucho más joven que él (53 años ante 24) y casada con un oficial subordinado disparan en Mussolini sus temibles accesos de ira. Tampoco es ajeno a ello la presión que Claretta hace sobre el tema de las otras amantes, que él mantiene simultáneamente y que, en un gran esfuerzo, ha reducido a dos más. Las excusas del dictador son de opereta: "Te juro que no es verdad sobre los Evangelios". "Mi naturaleza es así, soy una bestia, resisto y después caigo". "Solo estuve 24 minutos: fue una cosa rápida". Ella no se queda corta: "Eres impulsivo, bestial, rutinario. Un perro, un gato, un mandril".
Pero hay veces que el Duce no puede más y entonces llegan las patadas a mesas, sillas y periódicos, los gritos huracanados... "Tengo un mundo al que vigilar y un pueblo al que gobernar y ya te dedico demasiado tiempo; a veces me pregunto si soy tonto", le espeta el 15 de marzo de 1938. Más tarde volverán las carantoñas o la promesa de una escapada furtiva. "No quiero que nuestro amor sea una cosa pública, que se hable en los cafés o en la modista. Me preocupa mi prestigio. No puedo pasar por un viejo chocho".
Esa última no era una bronca más: es de las pocas veces que Mussolini está nervioso por la política internacional. Algunos diarios, especialmente los franceses (pueblo acabado, según él, "por la sífilis, la absenta y la prensa libre" y porque "sus mujeres son todas prostitutas: les gustan los negros porque tienen el pene largo y delgado, y son ellas las que poseen al hombre"), dudan de su salud (que contrarresta exhibiéndose a caballo a menudo).
Petacci toca poco la política; le deja decir y con caricias le calma cuando le enfurece que, de nuevo, la prensa francesa le diga que imita a Hitler ("un presuntuoso") en el tema judío. "¡Yo soy racista desde 1921!". Tanto lo es que le explica a la Petacci que "solo tres veces se me ha dormido el pajarito, retirado e indignado", y una fue por "el olorcillo de una judía; ya sabes como soy con estas cosas".
Franco también le pone nervioso con su estrategia en la Guerra Civil: "Me admira mucho y siempre me ha obedecido, pero es idiota: 18 meses para una Guerra Civil me parecen demasiado. ¡Yo hice la guerra de África en siete!".
Donde no parece fingir es en su obsesión con la muerte, que cree que será inminente. Le aterra el frío que puede pasar una vez en la caja, y por eso le da instrucciones para que le dejen una esterilla. ¿Y ella? ¡Se quedará sola! "Yo no te sobreviviré: he nacido para ti, acabaré contigo", le susurra tras otro fogoso encuentro en marzo de 1938. Así será en abril de 1945, los dos juntitos, colgados boca abajo en la Piazza Loreto de Milán.

'Mussolini secreto' (editorial Crítica), los diarios de Claretta Petacci, ha salido recientemente a la venta.

dissabte, 6 de novembre del 2010

Fernández Albaladejo: "Sobre la identidad española están recayendo todos los demonios del presente"


EUROPA PRESS

La obra 'La crisis de la Monarquía' del profesor Pablo Fernández Albaladejo ha sido galardonada con el Premio Nacional de Historia de España 2010. Su obra pretende "resituar" la historia de España en el "maldito" siglo XVII de la mano de un texto "menos preestablecido". Y sus últimas investigaciones le han llevado ahondar en el concepto de identidad de España.
"El problema es que la identidad española no es una cuestión pacífica y sobre la identidad española están recayendo todos los demonios del presente", explica a Europa Press, este catedrático de Historia Moderna, cuyo trabajo de investigación se centra fundamentalmente en la historia política y constitucional del Antiguo Régimen.


INCONGRUENCIAS EN LA TV
"No hay más que ver la serie de televisión 'Hispania' para darse cuenta de cómo se está fabricando todo un imaginario español y da verdadero estremecimiento por la cantidad de incongruencias" que se cuentan, alega este historiador.
Asimismo se muestra contrario a ciertas perspectivas historiográficas "que parecen un poco complacientes en defender que España no existió en el pasado y que fue un accidente geográfico o sólo una realidad de poder".
Respecto a la obra premiada con el Premio Nacional de Historia, Fernández Albaladejo explica que ha "intentado establecer un relato coherente" y una narrativa de todo el siglo XVII. "Quería establecer una narrativa integrada de lo que fue el siglo XVII y sacar a la historia española de esa lectura de decadencia, porque también hubo un empujón importante en ese siglo", alega.Fernández Albaladejo asegura que ha intentado siempre trabajar la historia desde "una perspectiva innovadora" y sacar a la historia de España de unos cauces "demasiado burocráticos" y proponer visiones que se salgan de interpretaciones "muy preconstruidas".
"Se ha producido un estallido bibliográfico y de visiones nuevas que es una locura, e incluso el historiador, tiene problemas simplemente para estar informado", "Yo he intentado reconducir todas esas nuevas perspectivas y hacer una síntesis, establecer un relato", aclara.


LA MONARQUÍA "FUNCIONA RAZONABLEMENTE BIEN"
Preguntado por la salud de la Monarquía actual, Albaladejo asegura que el sistema está funcionando "razonablemente bien" y "si funciona, tratemos de mantenerlo un cierto tiempo". "No creo que se pueda decir que se estén produciendo grandes desajustes y la Monarquía ha dado pruebas más que solventes de su capacidad integradora", explica el Premio Nacional de Historia.
Respecto a la crisis mundial que estamos viviendo, Albaladejo asegura que este término no siempre tiene que tener un sentido "catastrofista". "Crisis significa cambió reconversión, reordenación y de la crisis también se puede salir bien", precisa este autor.
"Es evidente que vivimos uno de los cambios más cruciales de los últimos tiempos y caminamos hacia un nuevo escenario. Hay mucha incertidumbre sobre cómo se van a mover los nuevos agentes o qué dinámica de cambios y contradicciones internas pueden ocurrir. Yo creo que en un plazo no demasiado largo, asistiremos a un nuevo escenario", augura.
En este sentido, Albaladejo argumenta que la historia es un "buen laboratorio para sacar conclusiones sobre nuestro tiempo". "La historia no es más una forma distinta de pensar el presente. Cuando uno reflexiona sobre historia está pensando sobre el propio tiempo presente. Los historiadores somos pensadores del momento actual", subraya.
Y respecto al futuro, ¿qué puede decir un historiador?. "Depende de dónde nos deje la crisis económica. Otra cosa será el problema del estado español como organización de poder y esto puede ser más discutible, explica Albaladejo quien recuerda que esta cuestión también afectará a otros estados europeos. "Quizá el conjunto de Europa tenga que trabajar en una cierta redefinición política. Pero no es un problema angustioso sólo de España, navegamos todos en el mismo barco", concluyó.

divendres, 5 de novembre del 2010

'Por los favores que me hiciste en la cama, te hago reina'


Susana Martín


"Por los favores que me hiciste en la cama, te hago reina", le habría venido a decir Fernando II a la que fuera su amante, Urraca López de Haro.

Luego, ya reina, a la muerte del monarca se fue al monasterio de Cañas, en La Rioja, se hizo abadesa y murió con más de 90 años. "Se la celebra como santa, así que podemos decir algo así como 'de la cama del rey a santa'", bromea Juan Luis Puente, el autor de Reyes y reinas del Reino de León.

"Echo de menos no tener una especie de revista del corazón medieval para saber la humanidad de estas mujeres", señalaba Puente, que con esta obra ha pretendido ofrecer un acercamiento "lo más intuitivo posible" a quienes reinaron León entre 910 y 1230: sobre todo los reyes, pero también las pocas reinas que hubo, o las amantes o hermanas de los monarcas, esas otras protagonistas de la historia en la sombra.

Un libro para todo el mundo, escrito con sencillez y rigor y asequible a quienes quieran acercarse con detalle al pasado de León. Así resumirían la esencia de esta obra su autor y su editor, Vicente Pastor (Edilesa), que lo califica como "un libro de divulgación hecho con seriedad".

Siete años de trabajo
Siete años de trabajo –y varios libros de por medio– ha necesitado Puente para 'parir' este libro. Reconoce que no ha sido fácil, puesto que son pocas las certezas a la hora de hacer averiguaciones, "y las especulaciones no valen".

"Desde que he escrito este libro, me he vuelto todavía más escéptico", reconoce este autor leonés, "hay demasiadas dudas, pocas certezas, muchas especulaciones y poca documentación", lamenta.

Entre las anécdotas que recoge el libro, cuenta Juan Luis Puente los problemas de báscula de Sancho El Gordo, un monarca con "mala imagen" que llegaba a hacer cada día 7 comidas de 17 platos, casi todos con carne de caza, y de ahí sus problemas para ubicar sus 220 kilos encima del pobre caballo.

También relata las idas de venidas de Alfonso VI El Bravo con su amante berciana, Jimena Muñoz, que acabó sus días en Vega de Espinareda y cuya lápida puede verse en el Museo de León.

No tiene desperdicio su epitafio, repleto de expresiones más políticamente correctas que la realidad: "Yo Jimena, fui amiga del rey Alfonso durante su viudez. La opulencia. la hermosura, la nobleza de las prendas, la amena cultura de los modales, me llevaron al tálamo del reinante. A mí y al rey juntamente, obligáronnos a pagar mortal tributo los hados que todo lo pulverizan".

Una relación sospechosa
Tampoco faltan en el libro cotilleos de faldas ni problemas familiares más o menos escabrosos. Como la supuesta relación incestuosa entre Alfonso VI y su hermana Urraca, "que se dice que llegaron a pensar en casarse".
¿Y que pensarían los Reyes de León si levantaran la cabeza hoy? "A Pedro Ansúrez le pondrían pingando por haber fundado Valladolid", intuye. ¿Y cuáles cree que fueron los tres reyes más trascendentales para la historia de León? Puente se queda con dos: "Lo tengo claro: Alfonso VI y Ramiro II, porque después de éste último el Reino cayó en picado".

La puesta de largo oficial de Reyes y reinas del Reino de León, que ya está en las librerías, será el próximo 15 de noviembre en El Corte Inglés de la capital leonesa.

dijous, 4 de novembre del 2010

La gran hambruna de Mao


Peter Duffy.. Periodista en Nueva York

Cuando los rendimientos de las cosechas en las comunas se hacían bajos, los funcionarios partidistas locales, aterrorizados ante la posibilidad de que fueran objeto de purgas, maquillaban las cifras.

Contemplar la hambruna es algo espantoso, no tanto porque podamos contemplarla. Si usted no la ha experimentado la guerra, nos informa el veterano, no tiene idea acerca de la realidad del combate. Pero cada quien puede imaginar, invirtiendo mentalmente nuestra experiencia ordinaria, La palabra “hambruna” puede inducir escalofríos a cualquiera.
Descrita por el historiador de la economía Cormac Ó Gráda como “una escasez de alimentos o de poder de compra que lleva directamente a exceso de mortalidad desde morir de hambre o de enfermedades inducidas por el hambre,” la hambruna es uno de los horrores esenciales de la experiencia humana, “el último, el más temible recurso de la naturaleza”, según las palabras famosas de Malthus. En la Biblia, es una de las armas más poderosas de Dios en su campaña contra los pecadores, En Ezequiel, Él amenaza con enviar “las malvadas flechas de la hambruna” para destruir los habitantes de Jerusalén “con todas sus abominaciones”), En Amos, Él se ufana de la capacidad de inducir “la limpieza de los dientes en todas vuestras ciudades [es decir el hambre], y deseo de comer pan en todos vuestros lugares.”

No hay exageración cuando se dice que un ser humano dentro de una memoria viviente poseyó un poder parecido al de Dios para desplegar la hambruna contra una populación de la que esperaba que estuviese formada por “sobrenaturales de primer orden.” Durante un período de cuatro años desde 1958 a 1962, Mao Zedong supervisó las muertes de cerca de la mitad de toda la gente que murió durante la totalidad de todas las hambrunas del siglo veinte. En su nuevo libro que espanta, Frank Dikötter sopesa cuidadosamente toda la experiencia registrada disponible y “conservadoramente coloca el número de muertes prematuras en un mínimo de 45 millones.”· Un mínimo tan sólo en una región (Xinyang) en una provincia (Henan) durante un año (1960), un millón entre ocho millones de personas perecieron, lo que es la proporción exacta de muertes de la otra “gran” hambruna, la que hubo en Irlanda a mediados del siglo diecinueve y que duró aproximadamente cinco años. De manera distinta que la mayoría de las hambrunas —acontecimientos complejos causados por una confluencia de factores naturales, societarios y políticos— parece que hay poco debate en cuanto a saber quien es responsable de la carnicería. Uno duda en incurrir en blasfemia, pero el Dios de Ezequiel suena mucho como Mao cuando dice, “Haré caer la espada sobre ti. Yo, el SEÑOR lo he dicho.”

La hambruna de Mao fue una consecuencia de una iniciativa fantástica, un “Gran Salto Adelante” hacia el Comunismo que, según él haría de China una potencia económica, saltando por encima de sus rivales en los bloques comunistas y no comunistas. La idea era usar la masiva población china (y abusar de ella) —su recurso más impresionante— para potenciar su producción agrícola e industrial. Se les quitó a las masas sus propiedades privadas, sus hogares y sus pueblos fueron destruidos y se les obligó a formar parte de 26.000 “comunas del pueblo” que se organizaron como unidades militares.
La frase “granja colectiva no capta suficientemente bien lo que eran las comunas. Puesto que la batalla por la supremacía manufacturera no podía dejarse a las grandes fábricas en las ciudades —eso era una competencia dentro del país con “un universo de normas, cuotas y metas.” Escribe Dikötter— las comunas estaban equipadas con “hornos de patio trasero” que ”Dejan que Todos Huelan a Acero” como decía el lema. (En 1985,se arrojaron 140.000 toneladas de herramientas agrícolas a los hornos para aumentar los niveles de producción.) Pero los comuneros también eran responsables de aumentar los rendimientos de las cosechas. No lo hacían usando solamente las más recientes medio horneadas técnicas de agricultura. Se les sacaba también de los campos por millones para trabajar en proyectos masivos de irrigación, diques y represas cuyo fin era convertir tierras áridas en campos fértiles. Durante varios años, cientos de miles de pueblerinos debilitados murieron en esquemas condenados al fracaso —el inmenso dique de las Tumbas Ming se construyó en sitio inadecuado, se secó y fue abandonado— que deterioraban el equilibrio ecológico. En Fengyang, uno de los condados más desvastados por la hambruna en 1961, las inundaciones fueron responsables de la ruina de las cosechas a pesar de que las precipitaciones lluviosas habían sido básicamente normales en ese otoño.

En su exacerbada auto-confianza, Mao había interferido tradiciones seculares de subsistencia rural en China. Tal como lo hizo Stalin en Ucrania en 1932-1933, también se valió del terror para exacerbar el sufrimiento. Cuando los rendimientos de las cosechas en las comunas se hacían bajos, los funcionarios partidistas locales, aterrorizados ante la posibilidad de que fueran objeto de purgas tal como lo fueron otro 3,6 millones durante el Gran Salto, maquillaban las cifras, Beijing utilizaba entonces esas estadísticas falseadas para determinar el volumen de cereales a expropiar de las granjas (para los hambrientos en las ciudades, para gobiernos impresionables en Cuba, Albania y otro lugares del mundo en desarrollo, para las fiestas de celebración del décimo aniversario de la Revolución China en 1959, y así sucesivamente). Cuando las comunas no podían producir los alimentos demandados por el Estado, brigadas formadas por elementos violentos (ellos mismos temerosos de ser purgados) fueron desplegadas para buscar los cereales ocultados para quienes ahora eran llamados “clases enemigas.” Dikötter estima que 6 a 8 por ciento de las víctimas de la hambruna (por lo menos 2,5 millones) fueron torturados ejecutados sumariamente por esas brigadas.

A pesar de que Mao en un principio profesó estar escandalizado por los hechos de esas brigadas exageradamente celosas, sin embargo apoyó un aumento en las requisiciones agrícolas con las mismas penas para quienes no podían hacer las entregas. A lo largo de los cuatro años, su tendencia asesina provocó poco cambio o disentimiento por parte de sus principales asesores, quienes temblaban tan violentamente como el resto de los miembros del partido. Antes de una importante reunión, Chou Enlai pasó varios días “en un aislamiento auto-impuesto, luchando por hallar el correcto giro de frase” que satisficiera el temperamento siempre cambiante del jefe.

Tontos útiles como François Miterrand —quien anunció en 1961 que el “genio” Mao le había dicho que no había hambruna, sino un “período de escasez”— respaldaron las negaciones de Mao frente al mundo textualmente. Sólo los locos dijeron la verdad. Un sobreviviente de la región de Xyniang le describió a Dikötter cómo un loco deambulaba por su pueblo repitiendo un jingle. “Hombre come hombre, perro come perro, incluso las ratas tienen tanto hambre que mordisquean las piedras.” Nadie se metía con él.

Había descendido un Apocalipsis. Las cantinas comunales, supervisadas por la burocracia de asesinos, distribuían los pocos alimentos que se permitía comer. Los chinos desesperaron tanto que comían lo que podían hurgar en la basura y por doquier, incluyendo pescado, plantas y animales tóxicos (la campiña de Mao estaba repleta de contaminantes industriales), cadáveres hinchados, e incluso sustancias indigestibles tales como un lodo blando llamado Guanyn. “Una vez ingerido, el suelo actuaba como cemento, secando el estómago y absorbiendo toda la humedad dentro del tracto intestinal,” tal como de hecho o informa lo informa Dikötter.

Dikötter es extremamente cuidadoso con sus pruebas. No duda en contar los peores horrores: el abandono de niños, la violencia sexual contra las mujeres, la andanada de asesinatos de “cobardes, debiluchos o de otro modo elementos improductivos.” Distintamente de otras hambrunas, en las que las enfermedades infecciosas son típicamente la principal causa de muerte, grandes números murieron de inanición en el infierno de Mao. (Escaso consuelo el hecho de que el régimen de participación lograra detener el despliegue del notorio asesino de la hambruna, el tifo). Dikötter estima que de uno a tres millones de personas optaron por otorgarse una pequeña medida de poder y acabar con sus vidas por sus propias manos, algo que seguramente califica como el mayor suicidio en masa en la historia.

Dikötter logra el éxito en su oscura tarea de catalogar la terrible escala del crimen —China en verdad estaba empuñada por un espíritu de gigantismo durante el Gran Salto Adelante— pero admite que “el cuadro completo… se conocerá una vez que los Archivos Centrales del Partido en Beijing les abran las puertas a los investigadores.”

En su libro sobre lo que él llamó la hambruna “secreta”, el periodista Jasper Becker visitó Xinyang, la escena de lo que un funcionario del partido llamó en ese momento “un holocausto y una masacre,” y halló que pocos querían “recordar la amarga historia de Xinyang o tratar de entender lo que allí ocurrió.” Es típico de quienes con suerte pudieron sobrevivir después de una hambruna: un poderoso sentido de vergüenza.

En Jeremías, después de que Dios envió “oscuridad a la tierra” de Jerusalén describe cómo la gente se sintió “avergonzada y confundida.” Esto explica parcialmente porque la historia sigue siendo una que rara vez se cuenta. Tal como un funcionario chino dijo de los diques del Gran Salto Adelante que colapsarían décadas después de haber sido construidos, “Aún no se ha limpiado el excremento de esa era.“

dimecres, 3 de novembre del 2010

Un nombre entre dos millones


ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El lunes 17 de abril de 1975 Denise Affonço salió de su casa a la misma hora que cualquier día laborable, camino de la oficina en la que trabajaba, la de los servicios culturales de la Embajada francesa en Phnom Penh. Era una mujer de treinta y un años, menuda, morena, entre europea y asiática. Su padre era de nacionalidad francesa, aunque de una procedencia a medias portuguesa e india; su madre, vietnamita. El padre, profesor de Latín en un instituto de bachillerato colonial de Phnom Penh, se había esforzado en darle una educación europea. Denise Affonço hablaba francés, inglés, vietnamita, latín. Era, en 1975, una mujer razonablemente instalada en la vida, madre de un niño y una niña, con un buen trabajo y una buena posición, unida a un hombre de negocios chino de gustos caros y convicciones comunistas. Este hombre, Seng, anhelaba la llegada a Phnom Penh de los Jemeres Rojos, que ocupaban ya la mayor parte del país, poniendo en fuga a los partidarios de la dictadura incompetente y corrupta del general Lon Nol, apoyado por Estados Unidos.

Pero todo el mundo se alegraba de que estuviera a punto de hundirse aquel régimen, aunque fuera con la victoria de una guerrilla comunista cuyo caldo de cultivo había sido en gran parte uno de esos crímenes contra la humanidad que no tienen castigo y no recuerda nadie, aunque fueron responsabilidad directa de Richard Nixon y Henry Kissinger: entre 1969 y 1973 la aviación americana había arrojado sobre los campos de Camboya, un país neutral, 540.000toneladas de bombas, con el pretexto de atacar enclaves militares de Vietnam del Norte y rutas de suministro del Vietcong. La noche del domingo 16 de abril Denise Affonço, Seng y un grupo de amigos se reunieron en la terraza de su edificio de apartamentos para celebrar la llegaba del año nuevo camboyano. Se alumbraban con velas porque estaba cortado el suministro eléctrico. Brindaron por el año nuevo y el porvenir frente a los tejados de una ciudad sumergida en la noche, iluminada tan sólo por el incendio de una refinería en las afueras. A Denise Affonço le habían advertido en la Embajada francesa que sería más prudente para ella marcharse del país con su familia. Pero la embajada sólo se hacía cargo de su billete y de los de sus hijos, porque su compañero no tenía nacionalidad francesa. La desasosegaba el miedo que empezaba a ver a su alrededor pero era más poderosa la inercia de quedarse donde siempre había vivido y la certeza de que si ella y los niños se iban y le ocurría algo a Seng no le dejarían vivir los remordimientos. Y el propio Seng hacía lo posible por disuadirla, con aquel fervor comunista que a ella le desconcertaba tanto en un hombre tan aficionado a los negocios, a los coches caros, al whisky escocés.

Sus amigos y sus jefes en la embajada insistían: todo el mundo que podía hacerlo estaba marchándose; si ella no quería irse todavía, que enviara a Francia a sus hijos, para reunirse después con ellos. Durante los cuatro años siguientes, en medio de la tortura del terror, el agotamiento y el hambre, después de ver morir de inanición a su hija de nueve años y de hundirse en la irrealidad de una muerte lenta, Denise Affonço se acordó muchas veces de aquella parálisis en la que había vivido en los días de mediados de abril de 1975 en los que hubiera sido tan fácil huir, de aquella mañana de lunes en la que sonaron de pronto ráfagas de disparos y explosiones que la forzaron a volver a casa, con un malestar de funcionaria cumplidora no aliviado por la seguridad de que su oficina ya estaría desierta.

Esa misma mañana vio a los primeros soldados del ejército de liberación a los que su marido estaba dispuesto a recibir con tanto entusiasmo (a los pocos días se lo llevaron a culatazos y patadas y no se supo de él nunca más): muchachos muy jóvenes, de catorce o quince años, con chaquetas y pantalones negros, con sandalias de goma de neumático, con pañuelos rojos y blancos al cuello, casi niños que pisaban por primera vez una ciudad y habían crecido en la brutalidad de la guerra y del adoctrinamiento ideológico. No parece que Denise Affonço tuviera convicciones políticas muy claras, y eso hace más valioso su testimonio de aquel día, de la revolución apocalíptica que los comunistas camboyanos establecieron literalmente de la noche a la mañana, de un día para otro. Pol Pot y sus seguidores inmediatos estaban convencidos de que ni la revolución soviética ni la Revolución Cultural china habían sido lo bastante radicales en la abolición del viejo mundo y el establecimiento del comunismo. La utopía no sería un sueño aplazado indefinidamente y corrompido por medias tintas, tibiezas o escrúpulos, sino un plan de ejecución inmediata. De la noche a la mañana, los Jemeres Rojos decretaron la abolición del dinero, de las transacciones comerciales, de los documentos de identidad, de las escuelas y las universidades, de todos los libros que no fueran de contenido revolucionario, del llanto y de la risa, manifestaciones de sentimentalismo burgués, de la familia, de las diferencias entre las clases sociales y entre la ciudad y el campo, de todo idioma que no fuera el jemer. Hablar una lengua extranjera, llevar gafas, beber alcohol, romper en llanto, podía significar la ejecución inmediata. En dos meses se había colectivizado por completo la agricultura y se habían evacuado las ciudades, en las que sólo tenían permiso para vivir, ocupando los palacios del antiguo régimen, los dignatarios del Partido, llamado Angkar, la Organización. Pol Pot era el Hermano número 1, aunque su rostro permanecía invisible. En menos de cuatro años, con el apoyo activo de China y la perfecta indiferencia de la comunidad internacional y de las organizaciones de derechos humanos, así como con la activa simpatía de preclaros intelectuales progresistas, la dictadura camboyana torturó, ejecutó o aniquiló por hambre a un mayor porcentaje de habitantes de su propio país que ningún otro régimen comunista o fascista del siglo XX: en torno a dos millones, de una población de siete. Cuando algunos fugitivos lograban escapar del país y contaban lo inaudito, nadie les daba crédito: la izquierda consideraba que esos testimonios eran propaganda imperialista, si bien los imperialistas -Estados Unidos, sus aliados europeos- tampoco prestaban atención, por razones de estrategia política: China, aliada de los Jemeres Rojos, le servía a Occidente como contrapeso de la Unión Soviética.
El testimonio de Denise Affonço llega a nosotros con treinta años de retraso. Leerlo es sentir vergüenza de la condición humana y escándalo ante la injusticia insondable del mundo. Sobrevivió cuatro años reducida a una especie de animalidad hambrienta y aterrada, arrastrándose cada día desde el amanecer a los campos de arroz, alimentándose de raíces amargas, de cucarachas, de hormigas, de lombrices, de saltamontes, disputándole a los perros y a los cerdos las sobras de las comidas de sus verdugos, sin más descanso que algunas sesiones de adoctrinamiento y cantos de himnos revolucionarios. Pero su mayor sorpresa no fue sobrevivir. Fue comprobar que casi nadie quería escucharla.
El infierno de los jemeres rojos. Testimonio de una superviviente. Denise Affonço. Traducción de Daniel Gascón. Libros del Asteroide. Barcelona, 2010. 256 páginas. 16,95 euros. antoniomuñozmolina.es

dimarts, 2 de novembre del 2010

Cómo sobrevivir a Mauthausen


Mayte Cortés
José Marfil, natural de Rincón de la Victoria, asegura que el oficio de carpintero fue posiblemente lo que le salvó de morir en el campo de concentración tras pasar cuatro años.
"No soy más que un testigo y quisiera que la juventud defendiese su libertad y lleve una vida con tranquilidad y en armonía. Es poco lo que me queda, pero lo consagro a esta memoria", es el rotundo mensaje de José Marfil, un superviviente del campo de exterminio nazi de Mauthausen, que ayer volvió a su ciudad natal después de 75 años. Dice pausado en un perfecto español aunque con un ligero acento francés que la de esta semana es su última misión: contar a todos las atrocidades que vivió en los campos de concentración y aleccionar a los jóvenes: "Me preocupan que puedan seguir a ciertos individuos que les hablen de totalitarismos".
Marfil tiene 89 años y nació en Rincón de la Victoria. Vivió también en Torremolinos y se marchó con 7 años a Barcelona. Su padre era inspector de aduanas y en los años 30 se fue hasta la Ciudad Condal con sus ocho hijos. Al declararse la Guerra Civil su padre luchó defendiendo la República. Él aprendió el oficio de carpintero que fue posiblemente lo que le salvó de morir en Mauthausen después de pasar allí cuatro años. "Es imposible recordar. No eran campos de concentración, sino fábricas de exterminación. Nos veían como a un palo al que quemar. Yo tuve mucha suerte. Supe evitar ciertas cosas, otras no, y trabajar como carpintero me ayudó bastante", explica José, que recuerda que sólo 2.000 de los 20.000 españoles encerrados lograron sobrevivir.

Cuenta entonces que con 18 años se enroló en la "quinta del biberón" porque pensó que "Francia era una potencia y que con los ingleses venceríamos al fascismo". Desgraciadamente, José y su padre -que fue el primer español deportado en morir en Mauthausen- fueron tomados presos por los nazis en la bolsa de Dunkerque y trasladados al peor campo de concentración que existía, "la vida hay que vivirla, yo he tenido suerte y he llegado bastante lejos, aunque hubiese querido que hubiese sido de otra forma. No se puede tener todo lo que uno quiere", dice un "indestructible" José (como el mismo se define) que ha preferido llegar a Rincón de la Victoria conduciendo su propio coche. Marfil será el protagonista de la última mesa redonda de las jornadas que el Ayuntamiento de Rincón de la Victoria y la Asociación de la Recuperación de la Memoria Histórica han organizado en este municipio axárquico. Contará sus vivencias en Mauthausen como lo ha hecho en su libro He sobrevivido al infierno nazi. Un texto que actualmente sólo está en francés y que el colectivo pretende editar en español. Las jornadas abordarán otros temas como La historia oculta de las fosas y Los niños de la Guerra.

dilluns, 1 de novembre del 2010

Los trabajos en la villa romana de La Ontavia, en Ciudad Real, sacan a la luz unas termas de dos mil años de antigüedad


EUROPA PRESS
Más de cincuenta personas contratadas por el Gobierno de Castilla-La Mancha han trabajado durante los últimos cuatro meses en la investigación y consolidación del yacimiento de La Ontavia, en la localidad de Terrinches, en Ciudad Real, donde han salido a la luz las termas con que contaba esta villa romana.

El director general de Patrimonio Cultural, Luis Martínez, ha visitado esta villa situada en el Campo de Montiel, donde pudo conocer los avances producidos en el marco de la última campaña de excavaciones sistemáticas. En la visita estuvo acompañado por el alcalde del municipio, Nicasio Peláez, y por la delegada de Educación, Ciencia y Cultura en la provincia, Valle Fuentes.

En esta campaña de excavaciones el Gobierno del presidente Barreda ha invertido 18.500 euros en la recuperación de esta villa romana de época tardía (siglo IV d.C.), dando así continuidad a los trabajos desarrollados desde el año 2007. Entre las ayudas concedidas cabe destacar la destinada a la Investigación del Patrimonio, presentada este año por primera vez por el Gobierno regional.

La actuación en el yacimiento de La Ontavia forma parte de la campaña de excavaciones arqueológicas que cada verano lleva a cabo el Gobierno de Castilla-La Mancha en toda la región, y que este año ha permitido la contratación de cerca de 600 desempleados. En esta edición, el presupuesto destinado ha sido de aproximadamente 5,5 millones de euros para trabajar en 33 yacimientos de toda la comunidad autónoma, según ha informado la Junta en nota de prensa.

El yacimiento de La Ontavia cuenta con dos mil años de antigüedad, y tuvo su origen cuando un rico terrateniente se instaló en este lugar bien comunicado mediante la Vía Augusta. Allí es donde él, sus descendientes y su servicio habitaron durante siglos, hasta el abandono del lugar durante las invasiones godas.

El Gobierno de Castilla-La Mancha y el Ayuntamiento de Terrinches están colaborando en los trabajos para la recuperación de este conjunto residencial y agropecuario, del que cabe destacar el buen grado de conservación de las instalaciones termales, que cuentan con piscinas y salas frías, calientes y templadas, además de vestuarios y letrinas.

Posteriormente, esta área fue reutilizada en época tardoantigua como un área cementerial, de la que se han excavado alrededor de treinta tumbas que contienen restos de cincuenta individuos. Hasta el momento se han documentado cuatro tipos de estructuras: de lajas, de mampostería, mixtas y con cubierta única de lajas. De todas ellas, sólo tres conservan elementos de ajuar, dos anillos de bronce y uno de plata.