dilluns, 15 de novembre de 2010

Lepanto


Historiadeiberiavieja.com Dos mundos frente a frente. Por un lado, el imperio otomano, dispuesto a conquistar los pueblos del Mediterráneo. Y, por otro, la Santa Liga, formada por reinos cristianos prestos a defenderse del avance turco. Nunca, en un espacio geográfico tan pequeño, se enfrentaron tantos hombres y murieron tantas almas. Fue la batalla más grande de todos los tiempos. Y, seguramente, la que decidió cómo serían los tiempos posteriores… hasta hoy. Felipe II y las tropas españolas fueron decisivas.

Bruno Cardeñosa y Alberto de Frutos.
Puerto de Barcelona. En cada una de las 50 galeras que enviaba el rey Felipe II para unirse a la Santa Alianza los tripulantes van entrando según su rango y dedicación. Los primeros en hacerlo entran en realidad en un campo de concentración del siglo XVI. Aunque la prisión de entonces sería un barco. Son los remeros. Los galeotes. Los hombres que con su fuerza bruta moverán las naves que se reunirán para frenar el avance turco en el Mediterráneo.Muchos de ellos fueron reclutados en las calles y en lugares de mala muerte en atención a la leva forzosa que les obligaba a servir a la Armada. La normativa de la época afectó a “vagos, mendigos y maleantes”. Y, entre ellos, gitanos y miembros de etnias que fueran consideradas inferiores. Nadie quería ir voluntariamente a una batalla que se prometía sangrienta. Junto a ellos un buen número de presos condenados a perpetuidad y enemigos capturados en batallas anteriores. Se da la circunstancia de que esos enemigos practicaban la religión islámica, con lo cual a los capataces no les quedó más remedio que advertirles de que, si no hacían lo mandado, les cortarían el cuello. Sólo con asomarse y descansar en su trabajo un segundo, el filo de una espada los partiría en dos. Lo tenían claro. Y asumido. Tampoco les quedaba más remedio a los esclavos e hijos de esclavas que habían sido comprados en plazas y mercados, y que también fueron conducidos a las bodegas de las galeras. Nada que no nos suene del siglo XX. Al entrar en el puerto, cada uno de aquellos hombres era sometido a un proceso indigno. Se les desnudaba por completo y se les efectuaba una rápida revisión médica para evitar que pudieran contagiar cualquier enfermedad al resto de desgraciados que hacían fila y que, después, pasarían semanas encerrados en los sótanos del barco. Les daban dos camisas; la puesta, y otra más. Dos calzones; el puesto y otro más. También un gorro. Y algo de ropa de abrigo. Después, les cortaban el pelo, la barba, y revisaban aquellas partes distintivas de su cuerpo. Era una forma de identificarlos para evitar huidas. Por eso los solían afeitar: para ser más reconocibles. Finalmente, se les conducía a su “residencia”: un banco junto a babor o estribor desde donde día y noche debían remar y remar. Hasta desfallecer. O morir. Cada día les daban un poco de comida y dos litros de agua. Lo justo. Ni una gota de más ni una caloría extra. Eso sí, a algunos les prometían la liberación en caso de resultar vencedores. Para los presos de otros combates, la esperanza estaba en que los suyos vencieran en la guerra, y así les abrieran los grilletes y les soltaran las cadenas que ataban a todos en una hebra que recorría la estancia, uniendo a un galeote con otro, y a este otro con el siguiente. Lógicamente, no remarían como remaban si no fuera porque el filo de la espada estaba casi siempre enfriando su cuello.Podría parecer increíble, pero, entre los reclutados, se colaba algún que otro voluntario que encontraba allí una pequeña posibilidad de escapar de la miseria que cada vez se notaba más en las grandes ciudades, aquejadas de heridas estructurales y sociales como consecuencia de los tiempos de guerra que se vivían. A estos últimos se les daba un pequeño jornal. Si lograban sobrevivir, podrían disfrutar de algunos días de quehacer diario salubre y digno. No era sencilla la meta; había que ganar a un enemigo feroz y salir con vida de aquellos sótanos malolientes y repletos de heces y orín, porque los excusados que tenían a su alcance eran únicamente los bancos de madera en los que se sentarían sin levantarse durante semanas. Aquellas galeras eran, en buena medida, los primeros campos de concentración de la historia. Por el bando turco había miles de remeros en idénticas circunstancias. Y por el bando santo casi diez mil. En términos navales, estos pasajeros forzosos recibían el nombre de “chusma“. De ahí viene la expresión que tanto utilizamos ahora para referirnos a las malas gentes. Sólo eran la punta de iceberg del ejército que se organizó para detener al turco, que amenazaba a la civilización europea en todo su sentido. Porque en total, entre remeros, personal auxiliar y guerreros, las tropas de la Santa Liga reunida por el papa Pío V ascendían a 64.000 efectivos, formados por lo más granado de la Armada de España, Venecia, Génova, Saboya, Malta y el Vaticano. Frente al ejército cristiano, los otomanos habían logrado reunir, por lo menos, diez mil efectivos más. Eso sí, sus barcos y sus armas arrastraban una biografía que, aunque triunfal, causaba mella. Ya el año anterior, los turcos habían atacado Chipre. Lo intentaron con Malta, pero la ofensiva fue rechazada por los europeos. Aun así, su avance hacía tambalear el mundo conocido. Que era Europa, y poco más. Y ese poco más estaba dispuesto a dominar al mucho resto. Bien que parecían conseguirlo.

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