dimecres, 13 de juny de 2012

El río Tajo: una gran fosa común.




En Puente del Arzobispo, mi pueblo, no hay fosas comunes. Nunca hubo un
 lugar para llevar flores. El rio Tajo fue la enorme sepultura donde fueron a 
parar los restos de todos sus habitantes que cayeron víctimas  del franquismo.
Por eso, mi abuelo, Benito Carrasco Reviriego, no le cobijo la tierra ni
 hubo que buscar su cuerpo, se lo llevo el agua el 17 de octubre de 1936.
Tenía 33 años, una esposa y tres hijos.
A mi abuelo le dieron “el paseo”, a él y a 12 mas. Les ataron las muñecas
 con un hatillo y les llevaron a una zona cerca del pueblo junto al río Tajo.
Uno ellos, consiguió escapar y lanzarse al rio ocultándose en casa de
un familiar. Apareció en la posguerra y un familiar muy afín del franquismo,
 consiguió que le perdonaran, pero nunca habló de lo ocurrido aquella noche,
 aunque a una tía mía le dijo que, antes de morir le contaría quien asesinó a
mi abuelo, pero nunca lo hizo, según él, por miedo.
A los doce restantes, les colocaron, en una gran piedra junto al río, los
asesinaron, y los tiraron rio abajo. En una zona conocida como “La Hoz”,
un recodo que hace el Tajo, quedaron atascados varios cuerpos, uno
de ellos el de mi abuelo.
Alguien informó a mi abuela del hecho y fue al Ayuntamiento a solicitar
al alcalde, que la autorizara a sacar el cuerpo de su marido y darle sepultura.
A lo que con muy cristiana generosidad, el edil, no solo no accedió, sino
 que ordenó que los cuerpos fueran empujados con hierros para que
se los llevara la corriente. Unos de los voluntarios para tan “agradable labor”
, fue el mismo familiar, que había ocultado al que se libró de ser fusilado.
En la partida de defunción de mi abuelo consta como: Muerto en descampado,
sección del libro 25, página 185 con orden del 6 de julio de 1938. El resto de
 la familia fue deportada a Losar de la Vera.
Mi familia nunca se recuperó de semejante brutalidad. Asesinan al padre
pero te condenan a vivir con ello toda la vida y algunas personas, como puede
ser el caso de mi padre, aunque nunca habló de ello, nunca fue capaz de
superarlo.
El único homenaje que se pudo hacer a mi abuelo y a sus doce compañeros
de muerte fue una placa de cerámica en el cementerio del pueblo recordándolos.
Pero yo me pregunto ¿Porqué se tiene tanto miedo de que la verdad vea la luz ?
¿De verdad que un pañuelo, húmedo de lágrimas que no dejan secar, es
una temerosa arma de ataque?
¿Cómo es posible que después de tantos años, de acabada la guerra civil,
 se vea peligroso que un hijo, una viuda o un nieto sea un provocador por
 querer exhumar los restos de un ser querido, para darles sepultura, junto
a los suyos?
¿Realmente es provocar, el tener un lugar donde llevar una flor a un  familiar?
No es desenterrar el hacha de guerra, es cerrar una herida, hacer justicia
 con todas las víctimas y digo todas porque hasta ahora, sólo hay unas
 víctimas, la de los vencedores.
¿Eso es justicia?
Fue doloroso, ver a una hija,  en el juicio contra Garzón, decir llorando, que
 sólo quería sacar los restos de su padre y meterlos en la fosa junto con los
de su madre.
No vi provocación en esa buena mujer, ni oí una mala palabra de sus labios,
 aunque tenía todo el derecho. Sólo quería poder sacar los restos de su
padre, lo decía con un pañuelo empañado de lágrimas. Lágrimas que no
 dejan secar.
Esa es la realidad de muchos que también somos españoles, que estamos
 viviendo en nuestras carnes a día de hoy, después de tantos años, tantos
 gobiernos y de distintos ideales.
Seguimos en las dos Españas , donde la justicia y verdad brillan por su ausencia
Una clama sin rencor porque se haga justicia. Otra lucha con rencor, odio
 y temor de que la verdad y la historia sean desenterradas.
Autor: Bienvenido Carrasco Fletes.
Fuente: Publico

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