dilluns, 25 d’octubre del 2010

El dopaje en el mundo antiguo. El semen de Hércules.


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Cuando la fama era más poderosa que el honor

No es posible en estos tiempos abrir las páginas de deportes de los periódicos sin enterarse de otro escándalo de dopaje. Esta práctica artera es sin duda un azote moderno, un producto derivado de la profesionalización de una actividad deportiva castigada por la codicia y sin nada que ver con los ideales griegos clásicos del deporte, que aspiraba a elevar el espíritu humano al tiempo que perfeccionaba el cuerpo.

Esculturas antiguas como el Discóbolo representaban la pureza moral apolínea de los campeones deportivos, que tenían, según el escritor de la antigüedad Luciano, “un don sagrado” y eran incluso “iguales a los mismos dioses”..

Pero lo cierto es que los griegos también tenían su equivalente de los escándalos de dopaje, en los que salían a relucir pócimas mágicas, encantamientos y hechizos. Aunque a las estrellas deportivas de la actualidad podrían parecerles inocuos, aquellos potenciadores mágicos del rendimiento ejercían una poderosa influencia sobre la psique del atleta, y además tenían el beneficio añadido de no ser detectables en la orina.

Según el escritor griego del siglo III Filóstrato, que escribió un útil tratado sobre la gimnasia, los dos grupos profesionales que estaban involucrados de manera más activa en la hechicería eran los atletas y las prostitutas. Fragmentos de libros de hechizos en papiro que han llegado hasta nuestros días incluyen fórmulas mágicas para aumentar la fuerza, la velocidad, la suerte y la virilidad. Hay un conjuro que, si se entonaba siete veces al dios del sol, Helios, fortalecía el físico del luchador y garantizaba el éxito en la palestra. Comienza en griego y después para al egipcio, que se consideraba una lengua mágica, pues no en vano los dioses habían nació a las orillas del Nilo. (Dice así: “Regocijaos conmigo, vosotros los que estáis sobre el viento de oriente y el mundo, a quien todos los dioses sirven como guardianes […] vosotros los que os levantáis del abismo, vosotros que cada día os levantáis jóvenes y os acostáis viejos, HARPENKNOUPHI BRINTANTENOPHRI BRISSKYMAS […] pido obtener de vosotros vida, salud, fama […] fuerza […] victoria sobre todos los hombres y las mujeres”.).

Los luchadores podían recurrir también a una breve salmodia que debía pronunciarse con una ofrenda de carbón de roble e incienso sagrado, “con el que se habían mezclado los sesos de un carnero totalmente negro”. Un conjuro excelente para los corredores, llamado “hechizo de la victoria de Hermes”, dirigido al dios de la velocidad, podía grabarse en un pequeño medallón de oro y ocultarse en una sandalia, es decir, fuera del gimnasio, pues todos los varones atletas competían desnudos en la antigua Grecia. Otros atletas llevaban truculentos “amuletos de la victoria”, como la pata de un lagarto encontrado en un cementerio, para añadir elasticidad a su zancada. Los detalles precisan que había que capturar al reptil en cuestión de noche, cortarle la pata trasera derecha con una caña afilada y devolverlo vivo a su escondrijo..

Estaban también los chutes orales: pócimas preparadas a partir de cientos de ingredientes misteriosos, como hierbas y raíces que debían recogerse en determinadas fases de la luna. De las aproximadamente cuatrocientas cincuenta plantas mencionadas en los papiros que se han conservado, los estudiosos modernos han podido identificar pocas. Muchas no eran más que nombres en clave que se les daban: el ajenjo era conocido como “sangre de Hefesto”; el espino era el “hueso de Ibis”. Otros ingredientes activos eran la tierra etíope, la sangre de una garrapata encontrada en un perro negro, la leche de cochinillo, la carne de salamanquesa moteada y el vino en el que se hubiera ahogado un cuervo. Lamentablemente, solo podemos aventurar una conjetura sobre el uso farmacéutico concreto de la hoja de mostaza exprimida, que los griegos conocían con el nombre de “semen de Hércules”..

Estos abusos molestaban claramente a los organizadores de eventos deportivos griegos, que gestionaban unos trescientos cincuenta festivales en todo el mundo mediterráneo en un ciclo rotatorio. En los Juegos Olímpicos de la antigüedad, los atletas tenían que prestar un juramento solemne ante un trozo de carne sanguinolenta de verraco, que se había colocado ante una estatua amenazadora de Zeus blandiendo sus rayos, de que no habían recurrido a medios ilícitos para conseguir la victoria, una salvaguardia dirigida a la corrupción y la magia. Los jueces incluso obligaban a los participantes en los Juegos Olímpicos a vivir juntos en un barracón desde treinta días antes del comienzo de la competición, para poder tenerlos vigilados y asegurarse de que no se colocaban con nefandas pócimas u otras sustancias recomendadas por sus preparadores.
Esto no parecía detener a los atletas, sobre todo porque, en la Grecia antigua, los beneficios para los vencedores eran aún más altos que en la actualidad. Además de los enormes premios en efectivo y los desfiles de la victoria que concedía la ciudad de origen del campeón, los atletas podían sacar un sacerdocio honorario, asientos de primera fila en el teatro, o un suministro vitalicio de aceite de oliva; algunos incluso se valían de su victoria para hacer carrera en la política. Aunque en la antigüedad no había acuerdos de patrocinio de empresas, los vencedores olímpicos ganaban enormes fortunas solo por hacer apariciones en los juegos provinciales, y recorrían el mundo griego como si fueran integrantes de un circo ambulante. Venerados por sus admiradores, aquellos atletas de alto nivel tenían garantizado un “dulce y apacible navegar” (como dijo el poeta Píndaro) para el resto de sus días.

En resumen, los deportistas famosos de la antigüedad estaban tan lejos de sus conciudadanos como las estrellas de la NBA lo están hoy de los suyos. La tentación de hacer trampas, al parecer, era irresistible. Aunque los trataran como semidioses, al fin y al cabo solo eran humanos.

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